Leandro Barbieri, el Gato, Gato Barbieri, el gran saxofonista argentino, murió el pasado 2 de abril, sábado, en la ciudad de Nueva York. Tenía el hombre 83 años y había vivido lo suyo, ya lo creo.


Vía:  ctxt.es | Contexto y Acción | Por AYAX MERINO

Figura esencial del jazz moderno, uno de los más grandes músicos de jazz que haya dado la Argentina e, incluso, toda la América hispana, saxofonista con un lenguaje y estilo propios, un tipo que anduvo en la vanguardia de la música, hombre comprometido políticamente, el Gato, sin duda, se ganó a pulso un sitio en el Olimpo del jazz, si es que existe el tal Olimpo, que esperemos que sí.

Leandro, el Gato, que todavía no lo era –digo: un gato–, salió del vientre de su madre el 28 de noviembre de 1932 en Rosario, allá en la Argentina, al otro lado del charco. Luego más tarde, pasado el tiempo, que no deja de pasar, la familia se mudó a Buenos Aires y allí creció el niño Leandro.

A los doce años empezó a estudiar el clarinete. Dicen que por aquel entonces oyó por vez primera a Charlie Parker y se quedó perplejo, fascinado. No me extraña, cualquiera se embelesa escuchando a Bird. Y ya con dieciocho se pasó al saxo alto y, no mucho después, al tenor.

Empezó a descollar el chaval en Buenos Aires, tocando aquí y allá, en los locales de la ciudad. Y en los cincuenta empieza a trabajar, ya soplando el tenor, con Lalo Schifrin, otro de los grandes músicos de jazz argentinos. Es por esa época cuando se gana el apodo del Gato, hay quien dice que por su aire misterioso, quien que por sus largos silencios, quien por ese su aire escurridizo. Por lo que fuese, Gato fue bautizado y Gato se quedó.

Quizás necesitara más aire, espacios más anchos. Dígolo porque en 1962 cruzó el Atlántico y se plantó en Roma con Michelle, su mujer. Y en París conoció, no mucho más tarde, al trompetista Don Cherry. Tras muchas idas y venidas, decidió al fin instalarse en Nueva York.

Y se metió de lleno en el llamado free jazz, el jazz libre, no sólo por la forma de interpretar la música, sino por lo que tenía de rupturista y de lucha política. Tocó el Gato con el susodicho Don Cherry, con Cecil Taylor, con Charlie Haden, con muchos más. Gato Barbieri ya era un músico harto conocido en el mundo entero.

Pero lo será mucho más en 1972, conocido digo, pues cosechó fama y fortuna a espuertas cuando Bertolucci, don Bernardo, le encargó la música para El último tango en París. Un Grammy ganó el Gato con la tal película.

En los setenta Gato Barbieri andaba a la busca de nuevos caminos; caminos inexplorados que hubiera de desbrozar a machetazos dados por su propia mano. Comenzó entonces a bucear en las músicas populares, a rastrear sus raíces, a fraguar un jazz distinto que incorporara sones y aires de su tierra, la vasta tierra de su América natal.

Barbieri fue proclamado el campeón del jazz latino, aunque el Gato no estuviera de acuerdo, pero ni un poquito, que siempre sostuvo que nada tenía él que ver con tal cosa. “Los músicos de jazz no me consideran un músico de jazz y los músicos latinos no me consideran un músico latino”, palabras son de Gato Barbieri. El Gato iba a su aire, haciendo su música, inclasificable, reacio a dejarse etiquetar. Libre, en suma.

Es la época de discos como El tercer mundoEl pamperoBolivia o Viva Emiliano Zapata, cargados todos de pólvora política, además de musical, claro, pues músico era, saxofonista fue, por encima de todo.

Luego, la mala racha. Murió Michelle y el Gato perdió fuelle. Depresión, drogas, alcohol. Y, encima, para acabar de jeringarla, empezó a quedarse ciego. Pese a todo, siguió tocando.

El último concierto lo dio el noviembre pasado en Nueva York. El Gato se ha ido, el Gato no está. Queda su música.