Vía: ABC.es | Susana Gaviña

Barbara Hendricks conserva mucho de la pequeña Barbara Ann que vino al mundo en un pueblo de Arkansas, en 1948. El mismo año en que se proclamó la Declaración Universal de Derechos Humanos que, sin embargo, resultó un espejismo para una niña negra que no podía entrar a los mismos sitios que los blancos y que vivía en un barrio segregado en el sur de Estados Unidos. «En noviembre de 1948 yo no tenía ni la misma protección legal ni los mismos derechos inalienables que un varón blanco, nacido ese mismo día y en ese mismo lugar, habría dado por descontado», recuerda Barbara Hendricks, una de las sopranos más sobresalientes del panorama internacional, en sus memorias, «En propia voz», traducidas ahora al español por RBA.

Barbara Hendricks

Barbara Hendricks

Aquellos fueron años difíciles. Años en los que nueve estudiantes negros expusieron sus vidas para integrarse en una escuela de blancos en Little Rock, y en los que la osadía de Rosa Parks por ocupar un asiento en la parte delantera de un autobús contribuyó a ampliar un poco más los derechos de la comunidad afrocamericana. También fueron años de miedo. Ahora, camino de cumplir los 65 años, Hendricks asegura que ya no lo siente. «Lo bueno del miedo entonces era no saber a qué se lo tenía. Los padres creen que los niños no sabemos lo que sucede, pero lo intuimos. Cuando me di cuenta de qué se trataba ya pude dedicar mi energía a luchar contra él», confiesa en Madrid, donde presentó ayer, acompañada de su buen amigo Pasqual Maragall, su autobiografía, con prólogo de político catalán.

Una lucha que se ha extendido en el tiempo y en el número de causas, que se puden resumir en una: defender los derechos de los marginados por su color, su opinión política o su religión. Algo que ha hecho como Embajadora de Buena Voluntad de Acnur a lo largo de más de dos décadas y de su Fundación para la Paz y la Reconciliación.

A pesar del transcurso de los años, la soprano se muestra muy crítica con su país de nacimiento, «donde hay el mayor número de presos encarcelados y se sigue marginando a las mujeres». Y donde el problema del racismo no ha desaparecido con el nombramiento de un presidente negro. «Me pareció increíble la elección de Obama, pero lo cierto es que el 30% de la población no lo quiere, piensan que es ilegítimo». Y asegura que las barreras de la marginación no caeran hasta que no llegue a la presidencia «una mujer negra, que sea gay y tal vez ciega».

Malnutrición cultural

En el libro, además de compartir su activismo, la soprano, con residencia en Suiza y de nacionalidad sueca por matrimonio, realiza un recorrido por su trayectoria musical que se inició en el coro de la iglesia en la que su padre era pastor protestante. Guiada por su alma gemela musical, Jennie Tourel, acudió a la Juilliard School, donde participó en las míticas -y para ella, decepcionantes- masterclass impartidas por una Maria Callas en el ocaso. Su voz la ha llevado, desde su debut profesional en 1974, a los teatros más importantes del mundo, en los que ha colaboró con los mejores solistas y directores de orquesta del mundo (en el libro dedica un capítulo especial a Karajan, Bernstein, Giulini y Muti).

De alma rebelde y mente inquieta, Hendricks, que estudió Matemáticas, se decantó por la música y ha probado, con éxito, en todos los géneros y repertorios –desde el Barroco a la música contemporánea, con incursiones en el jazz–, aunque siempre ha sentido una especial inclinación por la música de cámara y el lied. Contraria a los espectáculos multitudinarios, cree que los principales problemas que sufre hoy la música están causados por la «globalización de la cultura. El arte clásico ha sido metido en una especie de gueto. En algunos canales de televisión ponen programas por la noche. El mayor problema es la accesibilidad -insiste-. Algo que no sucedía al principio de mi carrera y que ha provocado que parezca que pertenece a las élites. Tenemos una gran riqueza cultural pero nuestros hijos sufren malnutrición cultural, porque en lugar de comer verduras solo comen chucherías».

Sobre su activismo contra determinados directores de escena, Hendricks, que ha reducido su participación en montajes operísticos, explica que siempre he buscado «algo que me enseñara y me divirtiera, algo que sucedía en la música de cámara, pero -matiza- si hubiese encontrado a un director que no fuera serio me hubiese quedado en casa con mis hijos».
La soprano, que ha disfrutado compartiendo escenario con músicos que sintieran el mismo respeto que ella hacia la partitura, ha trabajado con grandes directores de orquesta «en los que buscaba su intensidad y su honestidad. También su música. Es decir, el ir todos juntos en busca de la verdad de la música. Rechazo la superficialidad y también los grandes egos. Es verdad que esos grandes directores los tenían y los tienen, pero en el momento de hacer música se olvidaban de ellos y los dejaban fuera, convirtiendo al compositor en su prioridad».

Ciudadana europea

La soprano, ajena a los escándalos y poco dada a hablar mal de sus compañeros de profesión, con alguna excepción, no tiene reparos en mostrar el interior de su hogar, su familia y sus parejas. Tras vivir casi cuarenta años en Europa -primero en París y más tarde en Montreux, donde tiene su residencia desde hace décadas-, se considera una ciudadana europea y ve con preocupación la crisis por la que atraviesa el viejo continente, cada vez más frágil. «La Unión Europea se creó por criterios regidos por la paz, sin embargo, estos han cambiando y ahora son económicos». Y califica de «fracaso de la democracia» su posible separación.

Con un vida «afortunada, en la que he estado acompañada por ángeles», levantada sobre dos pilares, la música y el activismo, Hendricks nunca hasta ahora se había planteado por cuál de estas facetas le gustaría ser recordada. Ante la pregunta, reflexiona: «Tal vez como una buena ciudadana», concede.