Vía: www.pagina12.com.ar | Por Cristian Vitale

El contrabajista, que trabajó con Tony Bennett y produjo a Sandro y Leonardo Favio, reflejó en ese disco, que acaba de ser reeditado, todo su malestar por el gobierno de Onganía. Fue una de las pocas obras de jazz prohibidas en el ’76.

Arturo Jauretche

Arturo Jauretche

Cierto domingo de 1967, al mediodía, Jorge López Ruiz despotricaba duro contra el gobierno de Onganía. El contexto era un corte en un programa de Roberto Galán –“un tipo macanudo que todavía no casaba gente”, se ríe él– y la devolución fue inesperada. “Oiga, m’hijo, ¿por qué en lugar de gritar y putear en televisión no escribe eso que siente?”, dice que le sugirió ese alguien, con tono firme y mirada penetrante. El guía resultó ser don Arturo Jauretche, nada menos. “La verdad es que no lo conocía en persona… Me invitó a tomar un café, hablamos, y fue el impulso que me llevó a componer El grito”, rememora este contrabajista de jazz argentino, que hasta ahí solía reemplazar a Enrique “Kicho” Díaz en el quinteto Nuevo Tango, de Astor Piazzolla; tocar con Lalo Schifrin, Gato Barbieri o Tony Bennett, y que luego se transformó en arreglador y productor de Sandro, Piero y Leonardo Favio.

El grito, entonces, fue el brazo musical-conceptual de las posiciones políticas de este jazzman peronista que hoy ronda los 80 años, y que entonces, bajo el impulso del autor de El medio pelo en la sociedad argentina, escribió una de las pocas obras de jazz que fueron prohibidas por gobiernos militares: primero por el de Levingston, en 1971, y luego, claro, por la dictadura del ’76. “La estrené en el ya desaparecido teatro ABC, en un ciclo de cinco lunes; después la expuse en un teatro de San Isidro, y nunca más, hasta hoy”, refiere López Ruiz, sobre la obra reeditada por Aqcua Records, que mostrará en vivo hoy a las 20 en el Boris Club (Gorriti 5568). Lo hará sustentado en la Boris Big Band, la orquesta estable de la casa conformada por Richard Nant, Juan Cruz De Urquiza, Sergio Wagner, Juan Canosa, Joaquín De Francisco, Daniel Kovacich, Víctor Skorupski, Gustavo Musso, Damián Fogiel, Martín Pantyrer, Alejandro Demogli, Cirilo Fernández, Mariano Sívori y Ezequiel Piazza, todos bajo la dirección musical de Daniel Camelo. “La verdad es que El grito no era una obra de vanguardia para la época. Tiene más de Count Basie, que del Miles Davis de Kind of Blue… No tiene nada que ver con el free jazz y hasta que la escribí, no existía una obra cíclica con este género”, explica el hermano mayor del guitarrista Oscar López Ruiz.

El grito, originalmente escrita para un grupo de quince músicos (el trompetista Gustavo Bergalli, los trombonistas Luis Casalla y Christian Kellens, los saxofonistas Mario Cosentino y Arturo Schneider, el legendario baterista Pichi Mazzei y el pianista Rubén López Fürst, entre ellos), tuvo una primera edición en vinilo, que fue adquirida por Willys Conmover –director de The Voice of America– durante un viaje a Buenos Aires y difundida por él en radios de todo el mundo. “Yo la escuché en Yugoslavia, un país donde lamentablemente no había nada qué hacer. Estaba de gira con Piero, de quien era arreglador, y en el hotel me habían prestado una Zenith, que tenía onda corta y ahí, en Radio Moscú, estaba El grito”, recuerda López Ruiz sobre este disco cuyas matrices de grabación estuvieron cajoneadas en la ex CBS (hoy Sony Music), durante más de cuarenta años, y vieron la luz cuando le fueron devueltas a su creador. “Fue un golazo volver a editarla”, se entusiasma.

Pero aquella sugerencia de Jauretche también había determinado dos obras más con similar talante: Bronca Buenos Aires y Coraje Buenos Aires. La primera también fue prohibida y la segunda sufrió la quema de los masters por gente de la RCA, que había recibido una amenaza de allanamiento. “Era una época tremenda, prohibían cualquier cosa y a veces ni te enterabas. Yo me enteré porque tenía mucha relación con Sadaic, que en ese momento estaba intervenida. Había una oficina que era directamente la de censura y me cagaba a puteadas todos los días el coronelito que estaba a cargo… El tipo llegó a prohibir ‘El progreso’, de Roberto Carlos, porque decía que eso de la nube oscura de la contaminación era ideología de la Cuarta Internacional… cualquier cosa. Los tipos eran brutos como un arado”, evoca el contrabajista, que por entonces también había compuesto otra pieza jugada, como parte del disco De prepo: “Homenaje a la muerte”. “Esa pieza está relacionada con el 22 de agosto, el día que se produjo la masacre de Trelew, porque había ido a un cine de Lavalle a ver una película cómica y al salir, cagados de risa con mi mujer, nos encontramos con los canillitas vociferando la masacre. Ese contraste me pegó muchísimo. Me movilizó, porque no me mueven las cosas tontas… Siempre que toco, aunque sea un standard, lo hago con seriedad”, destaca el músico, recién llegado de Italia y Suiza, donde presentó Bronca Buenos Aires. “Ya estoy hecho”, se ríe.

–Usted las vivió todas: desde el free jazz a la Davis hasta Piazzolla, Sandro y Leonardo Favio… ¿Es cierto que fue quien sacó a Sandro del rock and roll?

–Sí. Cuando me ofrecieron producirlo dije “hay que cambiar todo”, primero porque el rock no vendía, era uno de los géneros con menor porcentaje de ventas… Inclusive los Beatles dieron pérdida acá. Dije: “Hay que hacer un baladista al estilo de Charles Aznavour”. A lo que Sandro, lógico, se resistía profundamente, porque no quería dejar el rock, pero cuando aceptó, se transformó en un ídolo popular. Grabar y producir cantantes fue algo que hice durante los tres últimos años de la década del ’60, porque necesitaba mantener a mis hijos chicos, pero jamás volví a hacerlo después. Disfrutaba de otras cosas. De Piazzolla, centralmente: tocar con él era una cosa descomunal. Yo era de la patota que lo defendía de los que lo atacaban. Astor era de otro planeta. Y lo es: puedo asegurar que es el músico argentino más difundido del mundo, un genio de la música del siglo XX, que prosiguió brillantemente la línea Maffia-De Caro-Pugliese.