Vía: www.elespectador.com/ Por: Avi Avital. / Joaquín Sarmiento

Usted ha dicho que la mandolina, su instrumento, es como un camaleón. ¿Por qué?

La mandolina es un instrumento italiano, pero si empezamos a investigar cómo llegó a Italia, nos encontraremos con instrumentos de la misma familia en otras naciones: el bouzouki en Grecia, la balalaika en Rusia, el tar en Persia. Casi toda cultura en el mundo tiene un instrumento de cuerdas así. Pero en Italia se volvió un instrumento de salón, de música clásica. Lo que sucede es que su sonido nos recuerda todas estas tradiciones. Por eso, cuando toco música rusa suena de veras rusa y cuando toco música italiana suena italiana. Esa es su cualidad camaleónica, que disfruto mucho.

Usted es famoso por tocar por igual obras del repertorio barroco y piezas del folclor de distintos países. ¿Qué piensa sobre las fronteras musicales hoy?

Mi álbum Between worlds es la respuesta que yo le di a esa pregunta. Mi intención fue examinar la dualidad de mi instrumento, que es la misma que yo siento: yo fui formado como artista clásico, pero me gusta también tocar música balcánica y hebrea. Hay compositores de comienzos del siglo XX que se hicieron la misma pregunta; por ejemplo, Bela Bartok recolectó melodías campesinas, las llevó a su estudio y les varió la armonía, la estructura, y de allí salió mucha de su música de concierto. Fue lo mismo que hicieron Manuel de Falla con la música española o Heitor Villalobos con la música brasileña. En mi disco retomo estas piezas pero las arreglo para mi ensamble, de modo que continúo con la tradición.

A propósito, la portada de ese álbum lo muestra saltando y usted es famoso por moverse mucho durante una interpretación. ¿Qué tan importante es la energía para ejecutar la música?

La foto en que aparezco saltando es muy significativa de ese aspecto. Además, fue tomada en la pista de aterrizaje de un aeropuerto, que era lo que yo quería hacer para darle sentido al título de “Entre mundos”: los aeropuertos son la muestra contemporánea de esas mezclas de culturas. Y en cuanto a la energía, sí, esta música requiere mucha energía por parte del intérprete.

Antes de ser artista de Deutsche Grammophon (el sello más importante de música clásica) usted grabó con un sello más modesto, Naxos, un concierto para mandolina. ¿Qué recuerdos tiene de esas épocas menos mediáticas?

Yo le estoy muy agradecido al compositor Avner Dorman, quien compuso ese concierto para mandolina y me pidió que lo grabara, porque ese fue el punto de partida de mi carrera. Se lanzó un disco en 2010 y un día de diciembre de ese mismo año me levanto y tengo 30 mensajes en mi correo electrónico que decían “Felicitaciones”. Y yo pensé: “Pero si no es mi cumpleaños todavía”. Resultó que el disco fue nominado a un premio Grammy.

En estos tiempos de encuentros multiculturales, ¿cuál es su concepto de la pureza en la música?

La música es un solo lenguaje, los distintos géneros son dialectos. Yo pienso que el mensaje es uno solo y lo que hay son exploraciones y desarrollos. No creo que haya una pureza, porque la música es dinámica y refleja su cultura y su tiempo. Cuando escuchamos música de Bach, por ejemplo, es todavía válida y poderosa, pero Bach no estaba buscando pureza sino innovación.

Usted hace muchos arreglos de piezas clásicas para la mandolina. ¿Qué tanto hay de invención ahí?

En mi música hay muchos arreglos porque no tenía opción: no hay muchas obras escritas para la mandolina. Ni Bach ni Brahms ni Chopin escribieron nada para la mandolina. La excepción es Vivaldi, que le compuso dos conciertos. Como artista, eso me llevó a pensar: “O cambio de instrumento, o comienzo a arreglar e inventar”. Y he descubierto que es una ventaja y un reto divertido.