Cuando Teresa Carreño visitó por última vez su Venezuela natal, lo hizo atendiendo a una invitación del entonces presidente Antonio Guzmán Blanco al frente de la Empresa Teresa Carreño, una compañía de ópera que se encargaría de la temporada del año 1887.


Por Mariantonia Palacios | Venezuela Sinfónica

Un fracaso cantado

La temporada estuvo llena de percances y hubo de suspenderse apenas un mes después de iniciada, con la consecuente molestia de los abonados que habían adquirido las entradas con antelación y de los miembros de la compañía de ópera que dejarían de percibir honorarios por las funciones que ya no se presentarían. La Carreño tuvo que sortear grandes obstáculos para intentar cumplir con los compromisos adquiridos con anterioridad.

Para colmo, la prima donna de la compañía, la soprano español Adela Aimery de Llistar, introdujo una demanda en su contra en los tribunales por supuesto incumplimiento en el pago de sus honorarios. En medio del pleito judicial la Carreño vendió al gobierno varios enseres personales y partituras para sufragar sus gastos, los cuales quedaron a disposición del Teatro Guzmán Blanco. También intenta vender el piano Weber especialmente construido para ella que la ha acompañado desde Nueva York. Este piano le había sido entregado para que, al utilizarlo en sus conciertos, mostrara su versatilidad y la calidad de su sonido. Ciertamente una muy eficaz táctica  de mercadeo. Un agente especial de la Weber Piano Company se trasladó a Caracas en mayo de 1887 y se alojó durante 15 días en el Hotel Americano, uno de los más prestigiosos de la capital, para atender los “pedidos de pianos Weber, cuya lujosa elegancia, y magnificencia de sonido los hacen tan solicitados”, tal como anunció el periódico El Siglo. Lamentablemente la Carreño no logra vender su piano porque ha sido embargado por el Tribunal de Comercio del Distrito Federal a causa del litigio con la Sra. Aimery. Finalmente, y gracias al concurso del presidente Guzmán  Blanco, Teresa Carreño sale para New York en agosto de 1887, pero su piano Weber debe quedarse en suelo venezolano.

Peripecias de un piano

No tenemos noticias del instrumento hasta que en 1935 Marta Milinowski, discípula y biógrafa de la Carreño, visitó el país para recopilar materiales y entrevistarse  con algunas personalidades del mundo cultural vinculadas con la artista. En esa oportunidad llamó la atención sobre el deplorable estado en el que se encontraba el Weber: “arrumbado y lleno de polvo en un oscuro rincón del Teatro Municipal, arruinado por la humedad y comején”. Casi diez años después, en 1947, la periodista Lourdes Morales publicó un artículo en el cual reclamaba el abandono en el que se tenía el insigne instrumento, a expensas de la humedad, las alimañas y los escombros en los sótanos del teatro. Un año después reitera su denuncia en el diario El Universal.

Una década más tarde, la esposa del Dr. Miguel Pérez Carreño, Camila de Pérez, se dispuso a rescatar el piano y otras pertenencias de la Carreño mencionadas en la biografía de Milinowski. Entre otras cosas, trasladó el Weber desde el sótano en el que estaba hasta el foyer del Teatro Municipal, y lo mandó a pintar de color verde- amarillento. Pero es en 1966, por iniciativa de la pianista venezolana Rosario Marciano, que el piano se restaura para ser nuevamente tocado.

Pero, ¿dónde está el piano?

Rosario Marciano se había sentido atraída por el piano de la Carreño desde niña. Ella estaba desarrollando una interesante carrera como concertista en Europa y, junto a su esposo el también pianista Hans Kann, había logrado reunir una colección de instrumentos de teclado antiguos en su casa de Viena. Decidida a revivir el piano de la Carreño, envió material fotográfico e información sobre el estado en que se encontraba al restaurador vienés Alfred Watzek para consultarle sobre las posibilidades reales de su recuperación. Con tesón y voluntad inquebrantables, Rosario Marciano convenció a la junta organizadora de la celebración de los cuatrocientos años de la ciudad de Caracas de que se responsabilizara por la restauración del instrumento. Sus esfuerzos no fueron infructuosos, pues se dio el visto bueno al proyecto. Marciano se marchó a Viena para esperar la llegada del piano, calculada para el mes siguiente. Los meses pasaron, y el piano nunca llegó.

En la primavera de 1968 Marciano regresa a Caracas e insiste en el envío del Weber al taller de Watzek. Esta vez consigue como aliado al concejal Eduardo Tamayo Gascue, quien tomó para sí la tarea. Pero un detalle quedaba pendiente: ¿dónde estaba el piano? Había desaparecido del teatro.

Después de una angustiosa búsqueda, se descubrió que había sido trasladado a los depósitos de la Gobernación del Distrito Federal en Antímano en junio de 1967 sin que  a nadie se le informara de su reubicación ni de su ingreso al almacén. Los representantes de los pianos Steinway & Sons en Venezuela, la firma Musikalia C.A., lo habían embalado para su traslado marítimo a Viena, viaje que nunca hizo. Una vez hallado el instrumento y culminados los trámites burocráticos y arreglos logísticos, el piano de la Carreño entra al viejo continente por el puerto de Amberes el 22 de septiembre de 1968.

Polillas gigantes

En octubre, el piano finalmente arribó al taller de Alfred Watzek en Viena. Todo un acontecimiento. Según refiere Watzek, cuando empezaron a abrir la enorme caja de madera “comenzaron a salir cabecitas de animalitos, para nosotros completamente desconocidos. Eran unos cocos marrones, grandes, con largas antenas”. Estas especies de “polillas gigantes” no eran otra cosa que cucarachas. No sólo se habían anidado cientos de ellas, sino “miles de polillas, termitas y todo tipo de arañitas” durante los  años de abandono. La caja hubo de fumigarse para poder sacar lo que quedaba del piano de la Carreño y luego destruirse.

El estado del instrumento era deplorable, peor de lo imaginado. El propio Watzek confesó que fue el piano en peor estado que había recibido. Le costó varios años de trabajo restaurarlo. Finalmente, el 01 de julio de 1970, el Weber de la Carreño se pudo volver a escuchar en el Palacio Palffy de Viena en un concierto organizado por Rosario Marciano. En el público se encontraban Hertha D’Albert Carreño, hija de Teresa, y dos de sus nietas.

De nuevo en Venezuela

El Weber de la Carreño aterrizó en Maiquetía el 14 de julio de 1970 y el 25 de ese mes, día de Caracas, se estrenó en el Teatro Municipal con un concierto a cargo de Rosario Marciano en el que interpretó el mismo programa que tocara Teresa Carreño en su regreso a Venezuela en 1885: el Himno a Bolívar de su autoría para coro y orquesta con la participación del tenor Raúl Domínguez, y el Concierto Nº 1 Op. 11 de Federico Chopin con el acompañamiento de la Orquesta Sinfónica Venezuela dirigida por el maestro Gonzalo Castellanos.

¿Fin de la travesía?

Después del flagrante reestreno del piano de la Carreño, permaneció en el Teatro Municipal hasta su traslado al Complejo Teresa Carreño. Allí se abrió la Sala de Exposición Permanente Teresa Carreño en 1988 donde, con el apoyo económico de la Fundación Neumann y la iniciativa de Elías Pérez Borjas, se colocaron las pertenencias de la artista donadas por el Vassar College y el piano Weber. Sin embargo, la vida errante del instrumento no terminó allí, pues en 2005 los directivos del Teatro Teresa Carreño decidieron cerrar la sala para instalar allí unas oficinas. Nuevamente el legado de nuestra insigne arista, una de las mejores pianistas de todos los tiempos, fue consignado a un lugar sin las condiciones adecuadas para su conservación.

“Así que por fin se acordaron ustedes de quién fue nuestra Teresita Carreño”, aseveró el pianista chileno Claudio Arrau, admirador de la Carreño, cuando conoció el complejo cultural que lleva su nombre. Pues parece que la respuesta tendría que ser no, no nos hemos acordado, muy desafortunadamente.