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¿Qué es lo que un artista con mucha ambición está dispuesto a sacrificar para lograr su meta? ¿Cómo afecta todo esto la vida privada, la salud mental y emocional del artista?

ndrew Neiman es un baterista de 19 años. Ingresa a la mejor academia de música, el Conservatorio Shaffer de Nueva York. Quiere ser tan grande como Charlie Parker, Buddy Rich, Charles Mingus, Thelonius Monk. Quiere ser uno de los más grandes del jazz.

Terence Fletcher es un instructor de música en Shaffer. Siempre exige lo máximo de sus alumnos. No tolera nada que no sea la perfección elevada a su décima potencia. Fletcher utiliza el nada pedagógico método de insultar y humillar de manera rutinaria a sus estudiantes, tensionándolos psicológicamente, obligándolos a ejecutar repeticiones interminables de los mismos acordes, con bofetadas y gritos incluidos, hasta que alguien ejecute “the f… tempo” que Fletcher espera. En vez de un sensible instructor de música, Fletcher es en realidad un sargento. De los bravos.

Fletcher reconoce el talento de Neiman desde la primera vez que lo escucha practicar. Encuentra la manera de meterlo a su orquesta, pero sin permitirle a Neiman tener ni el asomo de sospecha de lo bueno que es. Al contrario, Fletcher se ensaña contra él, le exige el triple que a los demás. No le perdona ni la sombra de un error.

Neiman sabe que tiene talento pero también tiene la ambición, la disciplina y la disposición al sacrificio que se requiere para llegar a ser el mejor. Manda a su novia al diablo porque entre la batería y el amor, la batería es lo más importante, su prioridad número uno. Neiman practica hasta que le sangran los dedos. Se obsesiona. Practica, practica, practica. Pero lograr que Fletcher le dé un respiro es casi imposible.

La lucha psicológica que entablan ambos personajes llega a tensionarse al punto que todo revienta de manera estrepitosa. ¿Pero qué pasa cuando dos seres obsesivos revientan juntos de esta manera? La respuesta está en la excelente escena final de la película “Whiplash” (2014) del director Damien Chazelle.

¿Qué resulta más efectivo al momento de trabajar con nuevos talentos: ser un instructor indiferente, complaciente o exigente? ¿Cuál es el límite para exigirle a un alumno lo mejor de sí? ¿Basta el talento para llegar a ser artista? ¿Qué es lo que un artista con mucha ambición está dispuesto a sacrificar para lograr su meta? ¿Cómo afecta todo esto la vida privada, la salud mental y emocional del artista?

Estas son algunas de las preguntas que me quedaron dando vueltas después de ver esta película. La historia me dejó pensativa desde mi doble rol de escritora y de instructora de talleres literarios. Como artista, pude identificarme con la obsesión de Neiman por ser el mejor, por superarse a sí mismo, por plantearse retos difíciles y por asumir una disciplina obsesiva para ser “el más grande”. Es lo que deseamos todos cuando comenzamos con nuestros respectivos oficios creativos. Soñamos con ser “el mejor”, con construir una obra que deje huella entre nuestros contemporáneos. Luego, la misma vida va obrando como un filtro natural y nos va colocando a cada uno en nuestros respectivos lugares. Sobrevivirán los que, a pesar de cada obstáculo, continúan con su oficio, guiados por esa energía invisible pero incendiaria que llamamos “vocación”.

Por mucho talento que tenga un artista, por muchas facilidades materiales y técnicas que posea, si no tiene disciplina no podrá llegar a ningún lado. Ni siquiera podrá salir del nicho de seguridad en el cual muchos se instalan, porque temen exigir el máximo de sí mismos pero, sobre todo, temen “fracasar”. Aunque tendríamos que examinar en qué consiste realmente el “fracaso”, desde el punto de vista de un artista.

Si me preguntan a mí, creo que el artista fracasa cuando es perezoso, cuando se estanca, cuando se repite a sí mismo y no explora temas o técnicas diferentes, cuando se rinde al mercado y a las presiones externas, cuando se autosabotea, cuando teme a la crítica y se pone a la defensiva ante ella, cuando vive su arte como una competencia contra los demás, cuando no se exige lo máximo a sí mismo sabiendo que puede dar más, cuando se deslumbra por las luces del mundo del espectáculo y se olvida que lo importante es crear su obra.

Como instructora comprendí perfectamente a Fletcher y su empeño por sacar lo máximo de cada ejecutante en su orquesta. Para quienes tenemos la emocionante responsabilidad de acompañar el arranque de un oficio literario o de otras disciplinas artísticas, romper esa resistencia que tiene el artista nuevo es uno de los mayores retos que se nos presentan. Después de una docena de años impartiendo talleres literarios, puedo decir que romper esa barrera es un momento crítico. Cuando por fin el artista nuevo rompe su pudor interno, cuando se suelta y se deja llevar por su fuego creativo, es cuando le resulta más factible encontrar las formas estéticas que expresen a cabalidad la emoción que contiene su idea. Lo sé por experiencia.

Lo que dice Fletcher en la película es muy cierto: “No hay dos palabras más dañinas que decir ‘buen trabajo’”. Si un artista en formación no tiene la madurez emocional y la entereza de carácter requeridas, si no tiene domado a su ego y no tiene una saludable dosis de humildad, un cumplido puede obrar como un alucinógeno, algo que le hace perder la perspectiva del momento en el que se encuentra, llegando incluso a afectar el resultado de sus siguientes trabajos.

¿Hay algún límite a ese nivel de exigencia? ¿Debería haberlo? De hecho, es una pregunta que le plantea Neiman a Fletcher cuando vuelven a verse, meses después de salir ambos del Conservatorio Shaffer: “Si (a un instructor) se le pasa la mano, ¿no será que está desalentando al próximo Charlie Parker de convertirse en Charlie Parker?” Fletcher responde con una sonrisa: “No, hombre, no. Porque el próximo Charlie Parker no se desalentaría jamás”.

Quizás, y apenas eso, es lo que hace a los grandes: no rendirse, no dejarse comer por el desaliento. Continuar creando aunque nos sangren las manos