David Lehman es el autor del nuevo libro: «Sinatra’s Century: One Hundred Notes on the Man and His World» (HarperCollins).  Es fundador y editor de la serie Best American Poetry.   Las opiniones expresadas en este comentario son exclusivamente las suyas.

Vía: cnnespanol.cnn.com | Por David Lehman

El 12 de diciembre fue el centenario del nacimiento de Frank Sinatra.  

Desde La Vegas hasta New Hope, Pensilvania, los fans brindaron con ‘Old Blue Eyes’ en fiestas de etiqueta donde escuchan a Rat Pack.

La radio por satélite Siriusly Sinatra transmitió solo música de Frank. Él es la estrella del mes en Turner Classic Movies.

¿Por qué las personas siguen festejando a este hombre? Empieza con su ingenio musical. Siempre y cuando se valoren la melodía y la armonía, la gente escuchará, bailará y hará el amor al son de Sinatra. 


El primero de sus sobrenombres fue «La Voz».


La voz del joven hombre era incomparable en su potencia, timbre, alcance y agilidad. Están las canciones que cantó en la década de 1940, como el niño cantante en las bandas de Harry James y Tommy Dorsey y cuando empezó a cantar por su cuenta y enloquecía a las chicas que causaban disturbios en la Paramount, en la ciudad de Nueva York, por una oportunidad de escuchar a Frankie.

Y están las canciones que cantó en la década de 1950, cuando su voz se profundizó y empezó personificar al ideal del hombre adulto y varonil.

En la primera categoría las canciones incluyen: «All or Nothing at All», «I’ll Never Smile Again», «Saturday Night is the Loneliest Night in the Week», «Time After Time».

En la segunda categoría: «You Make Me Feel So Young», «I’ve Got You under My Skin», «Witchcraft», «All the Way».

En la década de 1960, la tercera década de su dominación, Sinatra giró hacia nuevas alturas con Count Basie («Fly Me to the Moon»), incursionó en la bossa nova («The Girl from Ipanema») y también hizo que canciones sensacionales se escucharan como capítulos en su propia autobiografía («It Was a Very Good Year»).

No han sido pocas veces las que sucede que la versión de Sinatra de una canción es la definitiva.

Él reconoció que los Gershwins, Irving Berlin, Cole Porter, Richard Rodgers, Leonard Bernstein, Jule Styne, Jimmy Van Heusen y muchos otros habían creado canciones populares clásicas estadounidenses. Al grabarlas, Sinatra renovaba la vida de la música sensacional.

Sinatra cambió la canción popular por medio de la fuerza de su ejemplo –por su gran fraseo modulado tipo jazz– e inyectándole a la interpretación de una letra la habilidad y la pasión de un actor de método.

Tiene una canción llamada «Here’s to the Losers». 

Aunque sabemos que es un millonario con creces, una leyenda, una estrella y el pretendiente en algún momento de Ava Gardner –podría decirse que la chica más bella del mundo–, él no tiene problemas para convencernos de que es uno de los perdedores, el último borracho en pie a las tres menos cuarto que derrama sus entrañas incoherentemente con Joe, el cantinero en el gran salón de la canción, «One for my Baby (and One More for the Road)», escrita por Harold Arlen y Johnny Mercer.

Al mismo tiempo, nadie suena más alegre y optimista que Sinatra cuando es parte de los ganadores   («I’ve Got the World on a String») y está a punto de emprender una aventura romántica y te invita a que lo acompañes  («Come Fly with Me»).

Tenemos suerte de que La Voz tuviera una carrera cinematográfica porque pudimos escucharlo cantar   («On the Town», «High Society», «Guys and Dolls», «Pal Joey») y también por sus excelentes actuaciones en papeles estrictamente dramáticos: en «De aquí a la eternidad», por la que ganó un Oscar, y «The Manchurian Candidate». 

Si nos encanta que un cantante pueda también ser una estrella de cine y que pueda ser el líder reconocido del Rat Pack, por un lado, y el presidente de la directiva de su propia compañía de grabación, por el otro, aquí está tu hombre: complicado, con empuje, un perfeccionista, un artista que cantaba como un ángel pero que podía hablar como un matón, un hombre de noble generosidad y un carácter violento.

Él vivió un mito que no era del todo de su propia creación.

Los rumores constantemente daban vuelta a su alrededor. Hasta el día de hoy, algunas personas creen que Sinatra obtuvo el papel de Maggio en «De aquí a la eternidad» porque un matón decapitó a un caballo pura sangre llamado Khartoum y depositó la cabeza del caballo en la cama donde dormía el director de la película.  

La influencia de Sinatra va más allá de la música.

Es un ejemplo de estilo, una prueba de que las apariencias importan. El sombrero de fieltro con la justa inclinación («una flor no es una flor si está marchita/un sombrero no es sombrero hasta que está inclinado); el esmoquin; la gabardina; el toque de malta amarga en un vaso.

Es a causa de su estilo que ves a Sinatra en la televisión hoy en día en los comerciales de vodka o de whisky. Lo escuchas cantar «My Way» en un antiguo episodio de «Mad Men» cuando Don Draper y Peggy Olsen bailan.

Se le oye cantar a voz en cuello «New York, New York» después de cada juego de los Yankees, ganen o pierdan, en el estadio de los Yankees, hogar de los campeones.

Hay todavía una razón más para celebrar este centenario del nacimiento de Sinatra. Dean Martin chasqueó: «Es el mundo de Frank. Nosotros solo vivimos en él».

Este ha sido el siglo de Sinatra y el arco de su carrera, en su dimensión política, refleja la travesía estadounidense.

Empezó como un demócrata, un rebelde joven que hizo una fuerte campaña a favor de la tolerancia social.

Como compinche de JFK, produjo un baile inaugural estelar en enero de 1961. Terminó como republicano con Reagan. Además, el amor de su música trasciende todas las barreras de clase y raza.  

Frank solía decir: «Que vivas hasta llegar a cien años, y que la última voz que escuches sea la mía».

Como millones de otros estadounidenses, yo canto en la ducha y la voz que sale de mi boca es, gracias a un milagro cotidiano, la suya.