Por Mauro Apicella  | LA NACION

Tuvieron el primer ensayo antes de la serie de conciertos que comenzará pasado mañana

Argerich y Barenboim, a cuatro manos en el Colón

Argerich y Barenboim, a cuatro manos en el Colón

Los pianistas se veían en Buenos Aires antes de la serie de conciertos que comenzará pasado mañana y que tiene varias fechas agendadas. Una serie realmente maratónica que incluirá recitales de piano, conciertos con orquesta en el teatro y al aire libre (en Puente Alsina), y hasta una actuación de los pianistas con el grupo Les Luthiers.

En la vida, como en las películas, no todo es lo que parece. Cerca de las cinco de la tarde el hombre que salía del teatro por la calle Cerrito vestido informalmente con camisa a cuadros, gorra visera con la leyenda “Orlando” y un bolso colgado al hombro no era un turista que terminaba la visita guiada al Colón sino Marcos Mundstock. Minutos antes, por la misma puerta, había salido el resto de sus socios de Les Luthiers, Jorge Maronna, Daniel Rabinovich, Carlos López Puccio y Carlos Núñez Cortés. Habían estado ensayando en una sala contigua a la del Bicentenario. Lo que ofrecerá el grupo dentro de este ciclo denominado Festival Barenboim será “La historia del soldado”, de Igor Stravinski, y “El carnaval de los animales”, de Camille Saint-Saëns.

Por estos días hay mucha actividad en el tercer subsuelo del teatro. Barenboim llegó el jueves de la semana pasada junto con todos los músicos de la orquesta West-Eastern Divan. Tuvieron ensayos durante toda esta semana y ayer se encontraron con la pianista. Trabajaron sin intervalos ni el recreo previsto de quince minutos. Después de dos horas pudieron descansar. Sentado al piano sólo quedó uno de los pequeños nietos de Martha. Y la pianista, que nunca puede con su genio, se fue hasta el fondo de la sala y destapó un Yamaha que estaba cubierto por su funda y por una montaña de partituras orquestales. Lo probó, le gustó cómo sonaba y pidió que lo movieran hasta el centro de la sala. Llamó a Barenboim y se sentaron a tocar.

Por ahora están allí, en ese búnker donde se trabaja casi sin pausa. Ya tendrán tiempo de darse una vuelta por la sala principal donde debutaron como pianistas hace tantos años; para caminar por su escenario, como esos jugadores de fútbol que salen a hacer un reconocimiento del terreno antes de los partidos, o como esos pilotos de Fórmula 1 que dan esos primeros giros de prueba en un circuito por el que ya transitaron varias veces. La carrera es larga, especialmente para Barenboim. Tiene programados, en menos de dos semanas, alrededor de una docena de conciertos.

Por estos días los ensayos tienen que ver con lo inmediato. El concierto de pasado mañana, donde la orquesta, con dirección de Barenboim y la participación de Argerich, ofrecerá un programa que incluirá a Beethoven y Ravel. Al día siguiente la orquesta y su director se embarcarán en la primera de cuatro funciones de repertorio wagneriano.

La del martes será una de las funciones más esperadas, ya que se trata del recital de piano en el que Martha y Daniel, estos dos hijos pródigos que siempre están volviendo a casa, interpretarán Mozart, Schubert y Stravinsky.

“Martha es la persona en el mundo que conozco hace más tiempo. Desde que yo tenía 7 años”, dijo Barenboim semanas atrás, durante una entrevistas con LA NACION. Cada tanto se reencuentran en Europa. Pero esta vez tiene otro sabor.