Vía: www.elmundo.es/  Por DARÍO PRIETO

El director Pablo Heras-Casado defiende que “el bis debe mantenerse como algo excepcional. Cuando se convierte en una rutina, cuando el público acude con la intención de presenciar uno, termina provocando esta impresión de cosa preparada

Sólo dos personas habían cantado un encore en el Teatro Real desde su reapertura, hace 18 años:el mexicano Javier Camarena, el pasado año, con La hija del regimiento, y el propio Leo Nucci, también con Rigoletto, hace seis años

Este pasado jueves, la historia se volvió a repetir. Leo Nucci y Olga Peretyatko afrontaban la última parte del segundo acto de Rigoletto, aquella en la que el bufón contrahecho canta “Vendetta, tremenda vendetta” y la ovación del público provocó que, igual que en las tres interpretaciones anteriores del barítono italiano, éste tuviese que cantar un bis acompañado de la soprano rusa.

Hasta entonces, sólo dos personas habían cantado un encore en el Teatro Real desde su reapertura, hace 18 años:el mexicano Javier Camarena, el pasado año, con La hija del regimiento, y el propio Leo Nucci, también con Rigoletto, hace seis años. La propina de Nucci ha provocado que se vuelva a hablar de este particular ritual dentro del espectáculo operístico y sobre si tiene sentido o no hacerlo en 2015.

Para Gregorio Marañón, presidente del patronato del Real, “es un fenómeno extraordinario. Y el que sean cuatro bises en cada una de sus cuatro representaciones creo que debería ser motivo para pasar a los anales de la ópera”. Para Marañón, este bis en concreto “se produce por una conjunción de todos los elementos: la calidad de la producción, un público entregado y una figura de la talla de Leo Nucci“. Por eso quiere “subrayar la fantástica calidad musical, que es uno de los puntos fuertes de la producción. Porque, al margen del bis, ahí está el trabajo del coro y la orquesta. Y que se produzca algo así no hace sino poner en relieve la totalidad del montaje”.

Joan Matabosch, director artístico del coliseo madrileño, sostiene que, “para que la ópera siga teniendo vitalidad, tiene que tener sus propios mitos. Y Nucci representa lo mejor de la tradición operística. Un hombre que todavía es capaz de interpretar de la forma que lo hace y dejarnos petrificados”. Sin embargo, para Matabosch “lo importante no es el hecho del bis” y considera que estos encores “representan el homenaje a una generación de cantantes que, como él o Plácido Domingo, ejemplifica un momento único de este arte”. Es, añade, “una manera muy bonita y simpática de rendir un reconocimiento espontáneo. Que además, conecta con ese elemento emocional que creo que debe tener un montaje. La ópera no es sólo esto, cierto, pero tampoco se puede dar la espalda a estas manifestaciones”.

“Todo lo que sea emoción en la ópera me parece genial”, dice al respecto el tenor José Manuel Zapata. “Por otra parte, algunas veces se cae en lo automático y no estoy de acuerdo en lo de hacerlo por hacerlo, porque se puede caer en lo circense. Por encima de todo, tiene que ser un momento fortuito para que sea emocionante. Para mí, cantar un bis es como indultar a un toro: dar un premio a quien lo ha dado todo“.

Zapata recuerda que, cuando estudiaba con su maestro, Alberto Zedda, llegaban al peliagudo momento de “los agudos rossinianos, que al propio Rossini no le gustaban nada. Pero Zedda me decía: ‘Si los tiene, hazlos’. Porque es lo que, al final, arranca la emoción a la gente. Y un cantante como Nucci controla mucho estas emociones”. Otra cuestión es, según él, “si se rompe o no el ritmo dramático”. Y precisamente cuando pensamos en lo dramático de un señor que le canta a una hija muerta metida en un saco, como sucede en Rigoletto.

El director Pablo Heras-Casado defiende que “el bis debe mantenerse como algo excepcional. Cuando se convierte en una rutina, cuando el público acude con la intención de presenciar uno, termina provocando esta impresión de cosa preparada. Es algo muy, muy raro, y así debe continuar”.

Por su parte, el crítico de ópera de EL MUNDO, Álvaro del Amo, no ve “que sea algo necesariamente dañino o malvado. Pero sí que pertenece a otra época, que está algo pasado de moda y que tiene que ver con el amor o la pasión por determinados cantantes”.

“Siempre recuerdo a Kraus y su opinión que tenía sobre estas propinas, dado que una ópera requiere una preparación técnica muy concreta. Y ahí es donde está uno de los aspectos más discutibles: llega un momento en que la preparación es tal que un bis es como volver otra vez sobre lo mismo. Además, en el caso de la noche del estreno, lo que se vio en el Real fue, en realidad, un semi-bis“, puntualiza Del Amo.

No pasa nada por dar gusto al público“, argumenta el crítico. “Y menos aún cuando el que se lo da es un tipo de cantante que, por su edad y trayectoria, es susceptible de someterse a ello. No se si los nuevos divos de ahora se prodigarán ahora tanto como antaño, cuando había menos implicaciones y se producía una coincidencia entre lo que el público esperaba y unos cantantes convertidos en acróbatas, como Caruso, a los que querían ver una y otra vez para que repitiese aquellas maravillas. Además, en aquella época parecía como si los bises y los trises fuesen el baremo para medir el éxito de una función”.