En el siguiente pasaje, el realizador y régisseur evoca las circunstancias en las que conoció a su admirada Maria Callas

Por Werner Schroeter  | Para LA NACION

Conocí personalmente a la maravillosa Maria Callas en París. Debe haber sido en 1974, o un poco después. Me habían invitado a un ágape en la embajada griega. La mujer del embajador dijo: “Sé que le gustaría sentarse junto a Maria”, y ahí estaba yo, sentado junto a la Callas. Con los jeans rotos y las botas debo haberme visto bastante punk entre el aristocrático mobiliario. Maria Callas reinaba sobre una parva de almohadones de seda; llevaba un vestido Balenciaga verde esmeralda, joyas bien elegidas y un peinado precioso. Se veía tan hermosa así de cerca. Decidí apostar todo a una sola carta y ser como soy. Me salvaron mi saber musical y mi conocimiento profundo de la vida artística de Maria. Lástima que, mientras conversábamos seriamente sobre la grabación de la actuación de la Scala de Milán con Lucía de Lammermoor en 1955 en Berlín, de repente sentí el impulso de tomar a la señora Callas de las orejas, girarle la cabeza y mirarla bien. Un momento de silencio, una mirada, algunos “ejem” y “ajás”, hasta que le dije:

Maria Callas

Maria Callas

-Usted es tan bella, no puedo creer que no tenga hecho ningún lifting. ¿Cómo se puede ser tan bella?

Ella se limitó a contestar:

– Vous êtes pardonné, Werner! Lo perdono.

Y así seguimos, divirtiéndonos. En un momento me cansé de estar sentado con la nariz en el plato, me paré sobre el canapé y me senté en el respaldo, y ella miró hacia arriba y dijo en inglés:

-Bien, ¿realmente te sientes tan diferente ahora?

Volví a deslizarme hacia abajo, el humor de esta mujer era grandioso. Era un humor melancólico que expresaba su vulnerabilidad, como cuando dijo: “Perdí todo. Mi voz está terminada, parece. No tengo marido, no tengo hijos, ¿no es divertido?”. Yo en cambio había ganado algo. Cuando se terminó la velada y su chofer hizo señas de partir, me hizo saber que podía ir tomar el té con ella en los días siguientes. Así se fue desarrollando una amistad a tientas. O no, no fue una amistad, fue un acercamiento. Para una amistad, habríamos necesitado pasar más tiempo juntos. Yo estaba muy feliz. Es que el día en la embajada griega lo había comenzado inclinado en la ducha y vomitando. Yo solía vomitar todo hasta llegada la noche, igual que la Callas, que vomitaba antes de cada presentación, se vaciaba de arriba abajo para así dirigirse al escenario como una forma vacía. Yo, en cambio, vomitaba de excitación. Esa noche estaba como flotando.

Una vez me contó que sólo conocía gente que le tenía miedo. Me pareció imposible que alguien pudiera sentir miedo frente a ella. Era tan amigable y tan cálida, y con cincuenta años seguía pareciendo una niña. Le pregunté si no quería que publicara un artículo en el diario diciendo que Maria Callas buscaba marido, le dije que seguramente habría muchos candidatos. Eso la divirtió.

Unas semanas antes de la muerte de Maria Callas en septiembre de 1977, hablé con ella sobre determinadas músicas que se pueden cantar incluso desde el registro más alto. Era un tema que debía tratar con delicadeza. Entonces me dijo que quería seguir intentando cantar. De casualidad, encontré un casete sobre su piano. Cuando salió de la habitación por un momento, encendí el estéreo y escuché lo que había grabado con su profesora particular. “Pace, Pace”, de Leonora en La fuerza del destino, cantado de forma grandiosa. Por lo que parecía, en soledad sí podía cantar. Sobre el piano había una partitura del Barbero de Sevilla, escrita a mano por la cantante María Malibrán.

Durante años busqué canciones de María Malibrán porque había escuchado que también había sido compositora. Como su hermana Pauline, que más tarde sería la musa de Hector Berlioz y todavía más tarde la amante de Turguéniev en Baden Baden, María Malibrán era una artista muy fecunda pero murió con apenas veintiséis años después de un concierto en Manchester.

Antoine, un amigo, finalmente encontró en la Bibliothèque Nationale lo que yo más buscaba: “Tac, tac, qui battera sera la mort” de María Malibrán. Doblé esa partitura para Maria Callas y la metí en un sobre usado, le taché al sobre la dirección a la que estaba dirigida la antigua carta, y escribí la dirección nueva. Debe haber sido una de las últimas cartas que recibió.