Alondra de la Parra es una musa con suerte. Nació en Nueva York, en 1980, y muy pronto llegó a la Ciudad de México. A los cinco años de edad comenzó a tocar el piano y el chelo: “¿Cómo era posible que toda esa gente en las orquestas hiciera lo mismo, al mismo tiempo?”, se preguntaba Alondra en su infancia cuando asistía a los conciertos con sus padres. Sus estudios formales comenzaron en el Centro de Investigación y Estudios de la Música (CIEM) y continuaron en la Manhattan School of Music. Una suma de talento, disciplina y suerte la llevaron a estudiar con eminencias de la música sinfónica como Kurt Masur, Simon Rattle, Marin Alsop, Michael Charry o el suizo Charles Dutoit, quien la puso al frente de la Filarmónica de Buenos Aires con apenas veinte años de edad. De la Parra fue la primera mujer en dirigir en Nueva York, hoy son más de setenta las orquestas que ha presidido en el mundo. Los reconocimientos que ha recibido, son innumerables. En días pasados dirigió a la orquesta italiana de la Academia Nacional de Santa Cecilia, con el violinista David Garrett como solista, y desde Roma nos concede esta entrevista.

Vía: www.razon.com.mx | Esgrima ¦ Por Alicia Quiñones

¿Qué representa ser mujer en la dirección de orquesta?

Cada vez hay más mujeres que lo hacen. Pero la dificultad de esta profesión no tiene nada que ver con si eres mujer o no. Es una labor dura y difícil, en la que inviertes muchas horas de estudio y trabajo, en la que debes aprender a caer y levantarte. No es un asunto específico de género.

Tiene sacrificios.

Es una carrera muy larga que va paralela a la vida; entre más vives, más herramientas tienes para comunicar, sentir; más horas frente a una orquesta te permiten tener más experiencia y conocimiento para ser mejor. El director de orquesta nunca llega adonde quiere llegar y siempre está en constante desarrollo. En mi caso, por lo menos durante diez años de mi vida no tuve ni un solo fin de semana libre. Ahora ya puedo darme mis pausas, pero sigo en desarrollo.

Su pasión se deja ver siempre en el escenario. Es como una explosión.

Un director de orquesta te puede gustar o no físicamente, pero lo que destaca es su trabajo intelectual, auditivo y de inspiración para mover a toda una orquesta…

Aunque el lenguaje de la música es universal, ¿existen diferencias cuando está frente a orquestas de ciertos países?

De alguna forma es igual y también diversa. Influye la cultura y la forma de ser de la gente: si son extrovertidos o introvertidos. Me ha tocado dirigir orquestas en las que ningún músico habla y otras en las que es imposible callarlos. La disciplina y la manera en que se comunican cambia totalmente la percepción de la ejecución, y de eso también se trata el trabajo de un director. Trabajé con la Orquesta de la Scala de Milán y ahora con la Academia de Santa Cecilia, considerada la mejor orquesta de Italia, con una gran tradición, pues ha sido dirigida por los mejores directores que se pueden nombrar. Me honra formar parte de esa lista.

¿Cómo se prepara Alondra de la Parra?

Siempre es distinto, aquí, en Italia, debo preparar las partituras y estructurar los ensayos con el objetivo de dar un gran concierto. Me emocionó tener como solista a David Garrett, muy reconocido y con quien nunca había tenido el gusto de trabajar. Algunos repertorios me entusiasman más que otros, como el de la Academia de Santa Cecilia, que incluyó Carmen de Georges Bizet, el Concierto para violín de Tchaikovski (uno de los primeros que dirigí en mi vida), y cerramos con un programa latinoamericano que me emociona: Huapango, de José Pablo Moncayo, y Danzón número 2, de Arturo Márquez.

¿En qué lugar se encuentra la música latinoamericana?

Hace diez o doce años, antes de que yo fundara la Orquesta Filarmónica de las Américas, nadie tocaba música latinoamericana y eso me preocupaba mucho. Así me di a la tarea de fundar esa orquesta, pues quería crear un espacio, una plataforma para que la gente escuchara esta música. Simultáneamente sucedieron muchas cosas, se crearon nuevos sistemas y escuelas de difusión. Han surgido personajes en la música clásica que están interesados en ese tipo de composiciones, como Rolando Villazón, Gabriela Montero y Daniel Barenboim. Hoy la difusión de la música latinoamericana es mucho mejor, tiene más presencia, aunque sigue siendo mínima en comparación con lo que se hace, y mi propósito como directora es promoverla.

¿Estamos a la altura de un repertorio “tradicional”?

Claro. Esta música necesita estar en el repertorio estándar de cualquier orquesta. No es diferente. Cuando me toca hacer este tipo de repertorios, suele ocurrir que el público se exalta: se levantan, gritan, tienen una reacción extraordinaria. Pero esas reacciones no se deben a que el público sea conocedor de la música latinoamericana, tenga un gusto especial o tenga la percepción perfecta para apreciarlo: se debe simple y sencillamente a una reacción natural que es muy emocionante.

¿Qué momento fue decisivo en su obsesión por la música?

En casa siempre hubo música: clásica, ópera y popular, y nos llevaban a conciertos. Para mí, ser músico era lo más alto a lo que uno podía aspirar. Inicié con el chelo y el piano, pero me empecé a enamorar del sonido de la orquesta, me causaba una curiosidad tremenda la dinámica que seguía un grupo de gente en el cual todos hacen lo mismo al mismo tiempo. La música ha sido parte de mi vida desde siempre. Toda mi vida es música.

¿Qué hará después de Italia?

Iré a Alemania para dirigir la Orquesta de Cámara de Bremen y la de la Radio de Berlín y después a Suecia. Voy a hacer mi debut en Inglaterra con la Filarmónica de la BBC, en Manchester. Después iré a Francia y, por último, a Australia, donde está la Queensland Symphony Orchestra que actualmente dirijo.