PRÓLOGO “Dos Guitarras” de Juan Páez Ávila

Siempre sentí ser producto de la transición vacía de una Carora equidistante entre dos riquísimos períodos culturales. Esa que a mí y a otros caroreños de mi generación nos preservó el recuerdo y la obra de un gran prócer cultural, don Chío Zubillaga, quien permaneció vivo en la llama tenue pero firme plantada por él en el alma de sus discípulos y admiradores, para más tarde ser rescatados por la obra cultural de un caroreño por adopción venido de otros lares a enseñarnos cuales eran los ejemplos a seguir. Me refiero, por supuesto, al Dr. Juan Martínez Herrera, un “obrero de la cultura”, como se definía a sí mismo.

La mencionada llama de Don Chío permaneció encendida para nosotros en la visión ofrecida por  los hombres que de una u otra manera habían estado en contacto con ese extraordinario, excéntrico y solitario pensador, el señor de la boina, orientador de sus vocaciones. Ese hombre culto les mostraba  a estos fascinados oyentes una ventana al mundo que vibraba más allá de La Toñona, el Morere con su dique, el Torrellas y Barrio Nuevo con su Cerrito de la Cruz, límites de esa lánguida Carora de 20.000 habitantes que nos vio crecer ávidos de guía intelectual y palabra esperanzadora.

El nuevo maestro, reclamado por nuestros adormecidos subconscientes, nos llegó en plena adolescencia, en la edad en la cual se definen nuestras ansias y se orientan nuestras esperanzas hacia los caminos que nos presenta la vida. Ese regalo que nos trajo Teresita Yépez Gutiérrez en 1963 fue su esposo, odontólogo como ella, pero también imbuido de inquietudes y experiencias inconclusas en el mundo de la cultura. Hijo de un gran escritor, diplomático y docente, y a quien una noche, frente a dos frías “media jarras”  servidas por el cordial “Negro” Urriola en el Club Torres, fue convencido por mi padre, el pianista y ex miembro fundador del Orfeón Lamas Don Eduardo Izcaray Muñoz, sobre la necesidad de fundar en Carora un orfeón.  “Yo por mi sordera no puedo enfrentar ese reto, pero usted es el hombre para esa tarea”, le explicó con sinceridad, totalmente desprendido de falsas modestias.

El resto de la historia es harto conocido. A parir de esa conversación nació el Orfeón Carora y con él la Casa de la Cultura. Poco después desfiló ante nuestros crecientes anhelos culturales, una comparsa de éxitos artísticos como la escuela de Teatro, la Escuela de Artes Plásticas, la Orquesta Sinfónica Infantil y el magnífico Teatro que lleva el nombre de uno de los dos protagonistas de esta estupenda novela de mi amigo y coterráneo escritor Juan Páez Ávila.

Una de las cosas que más le agradezco a Juan Martínez, es el habernos inculcado a los más jóvenes de los fundadores del Orfeón Carora el respeto y la admiración por los verdaderos valores de esa Carora humanista del pasado y  qué debíamos admirar en esos hombres. Ya no eran solo tres las alternativas que nos ofrecía nuestro terruño. En mi fuero interno sentía que tenía que haber otros entretenimientos y experiencias además del béisbol (en mi caso el Torrellas de “La Meca” Ramos, Cesarito Castillo y Pastor Franco),  del aguardiente (El “1º. De Mayo”, la “Chimpolera”, el “Pequeño Pedro” y el “Oasis”), más otras “recreaciones” en la vida de un joven, sólo que no sabía por dónde empezar a buscar.

Juan Martínez, mientras nos enseñaba a cantar y a la vez aprendía a dirigir a sus orfeonistas como buen autodidacta, nos decía que éramos un pueblo con mucha suerte, porque teníamos a Luis Beltrán Guerrero, a Guillermo Morón, a Héctor Mujica, a Cheíto Herrera, a Nano Yépez, a Homero Álvarez Perera y a otros insignes pensadores y hacedores en sus respectivas profesiones. Pero sobre todo a nosotros que hacíamos música, Juan nos recalcaba que teníamos a Alirio y a Rodrigo, que éramos unos privilegiados por poder disfrutar sus conciertos cada vez que ellos venían a Carora, mientras que en otros países la gente agotaba las entradas para los recitales de ambos artistas con meses de anticipación.

Han pasado ya muchos años desde aquellas inquietudes que nos alborotó Juan Martínez, pero la admiración y el respeto por la trayectoria de Alirio Díaz y Rodrigo Riera no han hecho sino acrecentarse con el correr del tiempo. He rechazado siempre los banales intentos de comparación que se han hecho sobre nuestros dos maestros: que si uno era mejor que el otro, que si uno tocaba muy bien pero el otro era más simpático, que si tenían diferencias y enfrentamientos personales, y otra serie de comentarios más propios de nuestra mitología aldeana que de juicios serios y objetivos.

Alirio y Rodrigo fueron, son y serán siempre entrañables amigos. Cuando en contadas ocasiones se sentaban juntos a tocar en algún escenario, por ejemplo en el Cine “Estelar” o la Casa de la Cultura, nos hacían delirar con esa unidad férrea que conformaban sus diferencias. Alirio podía tocar un vals “Natalia” de Antonio Lauro con su sólido virtuosismo, mientras Rodrigo jugueteaba a su alrededor con ese don improvisatorio y con contravoces deslumbrantes que hicieron exclamar en alguna oportunidad al Maestro Lauro: “caramba, ese Rodrigo enriqueció mi humilde vals, qué bárbaro”.  

He sido muy afortunado al haber podido disfrutar del aprecio y la amistad de estos dos grandes caroreños. Rodrigo, además de consumado intérprete y refinado compositor, siempre fue un corazón abierto. Un ser humano generoso y accesible que desparramaba su arte donde quiera que estuviese, bien en un gran auditorio o en el hogar de alguno de sus cientos de amigos. En sus recitales se tomaba el tiempo de explicar la diferencia entre los estilos y el porqué en ciertas piezas el colocar la mano derecha cerca o lejos del puente, o el tipo de vibrato que se usara, permitían evocar correctamente las características de determinada época o compositor. Estar en una reunión social con Rodrigo era una excepcional ocasión para escuchar sus propias composiciones o las de otros grandes maestros. Si a alguien entre los presentes se le ocurría cantar un bolero, un vals, una zamba o un tango, podía decir luego con orgullo que un extraordinario artista universal “se le pegó atrás” y comenzó a acompañarlo sin que nadie se lo pidiera. Rodrigo no se hacía rogar. Por el contrario, él derrochaba generoso ese “guacal” de notas contenidas en su guitarra y nos las obsequiaba en genuino y espontáneo brindis. Su presencia, su proverbial sonrisa, su vasta cultura y su sempiterno buen humor son añorados por gente de todos los estratos sociales de Carora, de Venezuela y del mundo.

Alirio Díaz y Rodrigo Riera tocando juntos en la Casa de la Cultura de Carora, Septiembre de 1968
Fotografia de Felipe Izcaray

Alirio Díaz fue cómplice en mi decisión de escoger la música como profesión definitiva. Corría el año 1969 y mis estudios universitarios en la Escuela de Sociología de la UCV estaban interrumpidos a causa del proceso de renovación académica que sacudía los cimientos ucevistas y mantenía inactivas sus aulas. Si bien me parecía muy interesante la profesión de sociólogo, en mi fuero interno me sentía músico, aspirante a director de coro o de orquesta. Pero las condiciones que el país le ofrecía a un joven provinciano aspirante a músico, no habían variado mucho desde los años en que Alirio y Rodrigo se habían trasladado a la capital a estudiar. Peor aún, no existían estudios formales de dirección de coro o de orquesta en ninguno de los conservatorios oficiales o privados.

Fue luego de un concierto que dirigí en la Casa de la Cultura de Carora, con un grupo de miembros del Orfeón de la UCV y que bauticé con el nombre de “Coro de Cámara de Caracas”, cuando recibí la visita del admirado Alirio Díaz detrás del escenario quien me dijo: “¿Y qué haces tú estudiando sociología? ¡Tú eres un músico nato y te debes dedicar a eso!”. Pasado mi inicial estupor me dije a mí mismo: “si el Maestro Alirio opina que yo debo ser músico, pues músico seré”. Esa decisión me ayudó a encaminar mis gestiones posteriores para lograr los medios y trasladarme al exterior y orientar mi vida hacia la profesión musical.

Era la época de oro de Alirio Díaz, considerado entonces como uno de los mejores, si no el mejor, de los guitarristas del mundo. En mis años de estudiante en los Estados Unidos adquirí un disco de Alirio Díaz, grabado por la afamada compañía EMI, que decía en su carátula “Alirio Díaz, considered by many to be the best guitarrist alive” (Alirio Díaz, considerado por muchos el mejor guitarrista viviente). El orgullo caroreño casi hizo que mi pecho estallara ante ese merecido elogio a nuestro artista universal.

Soy testigo de la admiración que genera el maestro Díaz en muchos países. Recuerdo cuando en 1981 coincidimos en un viaje a Italia, su segunda patria. Mientras yo esperaba en el aeropuerto de Roma la conexión para viajar a Sicilia con la Orquesta Municipal de Caracas, Alirio me pidió que lo ayudara a cargar su pesado equipaje y pasarlo por la aduana. Llevaba su acostumbrado cargamento de quinchonchos y plátanos verdes para hacer tostones. Para mi sorpresa, Alirio fue recibido con aplausos por los agentes aduanales italianos, quienes le saludaban amablemente con admiración “prego, avanti Maestro”.

La generosidad de Alirio Díaz hacia mi persona no terminó con la orientación vocacional antes mencionada.  El 30 de noviembre de 1976 dirigí mi primer concierto orquestal con la Orquesta de Cámara del Centro Simón Bolívar y le solicité a Alirio Díaz que actuara como solista en ese concierto. El maestro aceptó gustoso en darle ese gran espaldarazo a un  joven director caroreño prácticamente desconocido en esa área. Las tres mil butacas del Aula Magna de la UCV fueron totalmente ocupadas por sus fieles seguidores y la presencia del maestro ayudó a darme a conocer como conductor de orquesta.

Alirio Díaz interpretando el Concierto en La Mayor de Mauro Giuliani con la Orquesta de Cámara del CSB, dirigida por Felipe Izcaray en el Aula Magna de la UCV,  30 de noviembre de 1976.

Este gigante de la guitarra, el mismo que tocó en Julio de 1975 para el más numeroso público jamás visto en el Aula Magna de la UCV, cuando más de 4000 personas escucharon deslumbrados su recital en  butacas y pasillos totalmente llenos, dejando apenas un pequeño círculo para que el maestro, sin micrófono, vistiera de gala la música de los grandes, siempre ha estado dispuesto a apoyar a músicos jóvenes, sean guitarristas, directores de orquesta, cantantes o instrumentistas de otra especialidad en sus respectivas carreras.

En la década de los años 60 y 70 acudían jóvenes guitarristas de todo el mundo a los cursos internacionales dictados por el maestro en la UCV, los cuales eran coronados por un concurso que ha derivado en el ya arraigado “Concurso Alirio Díaz” que se celebra actualmente en su querida Carora.

Como músico profesional, muchos años después de esa recordada recomendación vocacional de 1969, he compartido escenario con el Maestro Díaz en diversas ocasiones. En 1979 tuve el honor de ser acompañado por un emocionado Alirio Díaz en una memorable gira con las orquestas juveniles de Barquisimeto y Carora por varias ciudades de Venezuela. También grabamos juntos en 1980, la primera versión en estudio del Concierto para Guitara de Antonio Lauro con la Sinfónica Simón Bolívar y actuamos juntos con distintas orquestas a través de los años. Debo decir que siempre ha sido el mismo Alirio, el hombre sencillo, tranquilo y reservado que, para nuestro deleite, se acrecenta cada vez que se posesiona y domina con su singular virtuosismo las seis cuerdas de su lira ancestral.

Termino este recuento con una anécdota memorable de la que fui testigo. En Mayo de 1980 dirigí la Orquesta Simón Bolívar en Ciudad Bolívar. El solista  del concierto fue Alirio Díaz y estaba también presente el maestro Antonio Lauro. Nos habían alojado en un hotel con vista al río Orinoco, el Hotel Bolívar. Horas después cuando descansaba en mi habitación, escuché unas voces cantando acompañadas de guitarras. Bajé curioso, atravesé la calle y allí estaban sentados en un pequeño muro los dos maestros, Antonio Lauro y Alirio Díaz con dos guitarras “…cantándole canciones a nuestro gran río”. Como músico venezolano y gran admirador de nuestra música, me sentí testigo mudo y privilegiado de poder disfrutar de ese momento tan especial. Sentí que Carora, una vez más, estaba presente en un lugar mágico, en las manos de un gran intérprete, al lado de otro gran maestro.

Celebro este libro de Juan Páez Ávila y tengo la esperanza que la lectura de esta entretenida biografía novelada, podrá contribuir a ayudarnos a conocer más a estos próceres musicales caroreños que han hecho grande a nuestra Venezuela.

Felipe Izcaray Yépez
Isla de Margarita, Diciembre de 2009.