“La guitarra camina en mis zapatos y respira en mi pecho. Si yo quisiera dejarla no podría, porque sería ella la que se niega a abandonarme”.  
Alirio Díaz. Un asunto de pulsaciones (1)

13.04.12 | por Hugo Alvarez Pifano | Categorías: Semblanzas, Música, Arte, Venezuela, Biografías, Hugo Álvarez Pifano | LITERANOVA

Andrés Segovia solía decir que la guitarra es como un ser viviente: afirmación engranada en el espíritu y razón de ser de un músico sensible y comunicativo, ajustada al alma de un artista de elevado espíritu. Pero, ahondando en esta idea, ¿Qué quería decir con esto el principal maestro universal de este instrumento? Se me ocurre, por decir algo, que la guitarra como una mujer o también como un hombre ¿por qué no? Siente y reacciona según la forma en que se le toca. Puede brindar tan solo indiferencia o al otro extremo vibrar apasionada, expresarse con aliento seductor o retozar en júbilo, con el gozo que sienten los enamorados en una comunión plenamente correspondida. Todo depende de la maestría con que se ejecuta la obra. Pero dejemos que sea precisamente Alirio Díaz, el discípulo más aventajado de Segovia, con cuya frase comenzamos, quien de viva voz nos explique el desarrollo de este discurso.

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I
Una manera única de concebir la guitarra

1.- Como algo íntimo.

“Ah, la guitarra, transmite esa corriente de vida y de emociones que yo le comunico en un diálogo muy directo, muy íntimo. Yo soy el dueño único de ese mundo sonoro que ella pone a andar a través de mis pulsaciones. Mi guitarra, a lo largo del tiempo, con los conciertos y el trantrán constante, está ya preparada para responder a lo que yo le pido. Puedo tomar otra guitarra y hará casi lo mismo —casi— pero la entrega total sólo la obtengo del instrumento que he hecho a mi imagen y semejanza. Y a cambio, yo tengo que atenderla, cuidarla, mimarla, ella tiene la sonoridad del silencio, o mejor, del susurro. No es el instrumento de los grandes auditorios, no, es incapaz de gritar. Es la señora de la confidencia. Por eso, cuando le imponen la amplificación, le quitan el alma, le confiscan su esencia, la vuelven intrascendente.

Yo no podría verla de otra manera, que como algo femenino. Tiene sus formas, ese cuerpo, y yo soy el hombre que la acaricia. Tiene que haber un pacto entre el intérprete y su guitarra, de comprensión entre los dos y de mutua protección, que se va a reflejar en el sonido. El intérprete no puede adoptar actitudes prepotentes y creer que va a sacar de la guitarra lo que ésta no quiere o no puede dar. Tiene que haber una entrega entre los dos, como en un acto amoroso. Tiene que darse un intercambio de profunda comprensión emotiva, integrarse uno al otro, de modo de producir ese resultado de trascendencia. Más aún, la guitarra es pasional, erótica, humana. No tiene nada que ver con los otros instrumentos; no existe nada igual. La guitarra es un instrumento de la noche, de los sonidos nocturnos. Y ella como la noche, tiene sus guardianes. Yo soy el guardián de mi guitarra” (2).

2.- La guitarra también como un asunto personal y de genio.

Este modo de concebir una relación muy personal con su guitarra, lo ha llevado a ser dueño de una forma de interpretación bastante comunicativa, que penetra hondamente en todos aquellos que lo escuchan, por esa razón él ha reservado para sí y para su público un espacio de expresión auténtico y original. Un verdadero maestro en su forma de decir la música venezolana, latinoamericana y de España; en los clásicos de la guitarra, de los períodos barroco, romántico y el mundo moderno y contemporáneo, en fin, en todo lo que toca.
A lo que añadió también, algunas características propias de su conformación física y de su carácter: oído muy musical, entonación perfecta, una moderna y consistente técnica adquirida de su maestro Andrés Segovia. Así mismo, un sonido acariciante, que fue su característica fundamental y al mismo tiempo, redondo, fuerte y muy bien definido. Pero, por sobre todas estas cualidades, fue poseedor de una asombrosa mano izquierda, diseñada a la perfección para ejecutar el instrumento.

3.- La prodigiosa mano izquierda de Alirio Díaz.

Cuando se mira a Alirio Díaz empuñar la guitarra, con su mano izquierda posada sobre el mástil del instrumento, notamos que asemeja a las cuatro patas laterales de una inmensa araña, que se deslizan con precisión e instinto, por encima del diapasón y de los trastes y se trepan sobre las cuerdas. Entonces nos damos cuenta, que la guitarra es también un asunto de manos adecuadas. En otras palabras, un instrumento que exige cualidades físicas, como son manos grandes, de coyunturas bien conformadas, con dedos largos y flexibles. No gordos, ni gruesos, ni toscos, más bien afilados y fuertes. Lo dicho con anterioridad, exactamente como las patas de una industriosa araña trabajando sobre su tela.

Es la misma estampa que nos hace recordar la impresionante mano izquierda de Niccoló Paganini en su violín, con sus dedos largos y muy ágiles, capaces de alcanzar tres octavas y su cuerpo tenso y siempre curvado. Ambos músicos lograron la conformación extraordinaria de sus manos a través del ejercicio sobre sus respectivos instrumentos, pero la estructura física de inicio fue diversa. La longitud inusual de los dedos de Paganini era provocada por una anomalía de origen genético, conocida en la ciencia médica con el nombre de “Síndrome de Marfan”. Generalmente las personas afectadas por la misma son altas, delgadas, con una curvatura en la columna vertebral y dedos muy largos y flexibles (aracnodactilia). En el caso de Alirio Díaz, el punto de partida es distinto, se forjó en su niñez, cuando su padre lo hacía preparar la tierra para las labores agrícolas, con el uso de la escardilla, durante interminables horas de trabajo, de sol a sol. Sus dedos de niño se alargaron y adquirieron fuerza abriendo los surcos en la tierra de La Candelaria, el lado más incrustado al interior del estado Lara. Una tierra difícil de trabajar, por ser árida, seca y muy dura.

II
Su vida, formación y logros

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1.- Orígenes

Alirio Díaz viene de gentes de profundos orígenes campesinos y a un tiempo mismo, consustanciadas con la música venezolana de honda raíz popular. Nació el 12 de noviembre de 1923 en La Candelaria, un caserío ubicado a 30 kilómetros de Carora, en el estado Lara y a quienes los nativos llaman La Canducha. Su padre era dependiente de una pulpería, posteriormente arriero de bestias y conuquero, que a edad temprana se unió a una joven de ese mismo lugar y formó una familia de extensa prole- 11 hijos, 3 mujeres y 9 varones- criados bajo los criterios más rígidos y estrictos de una disciplina, sembrada en el medio rural de la época a punta de rejo. Todos se dedicaban a sembrar maíz, papás y caraotas y a criar chivos, cochinos y gallinas. A veces también, la música del cuatro y el encanto de los valses larenses. Así transcurrió la infancia campesina del niño Alirio Díaz.

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2.- Aproximación a la música.

Sus primeras letras le fueron enseñadas por un tío, pues en la aldea no había escuela alguna. Tuvo un bisabuelo violinista y otro que era cantor de velorios, a quienes conoció apenas, pero piensa que de ellos heredó su instinto musical. Su padre sonaba el cuatro y lo inició a tocar este instrumento, al mismo tiempo que con un abuelo guitarrista, entre bailes y serenatas, el nieto consiguió por allí ponerle las manos a una guitarra y tocar de oído las canciones que escuchaba. De otro de sus abuelos de la rama materna, quien también sabía de música, heredó dos libros: el Método de guitarra de Fernando Carulli y La divina comedia de Dante Alighieri. Con estos satisfizo sus necesidades culturales hasta que cumplió 16 años, fecha en que decidió dar inicio a una vida por cuenta propia.

3.- La esperanza de los cielos nuevos y de la tierra nueva.

Aquel día, apenas cantaron los primeros gallos del alba huyó del hogar paterno, esto es, de los duros trabajos del campo y de una férrea disciplina que solo proveía ignorancia y atraso cultural. Tomó una pequeña caja de cartón, introdujo su muda de ropas, unas alpargatas nuevas, dos revistas con fotos de Europa y frases de los filósofos célebres, amarró el envoltorio con una cabuya y cogió el camino de Carora. Todos los jóvenes de La Candelaria solían dirigir sus pasos hacia el Zulia, en busca de trabajo en los campos petroleros, a él no le interesaba el petróleo, ya había escogido el camino de las artes, las letras y en especial de la música, su gran pasión. En ese entonces, tan solo sabía leer y escribir, amén de tocar muy bien el cuatro y algunos rudimentos de la guitarra. Así mismo, cargaba un cuaderno donde había escrito a lápiz la historia de La Canducha, su primera obra literaria, allí narraba como se construyó la diminuta iglesia parroquial, la primera casa de tejas y como se alineaban, a cada lado de la calle de tierra pisada, las pequeñas casas de bahareque. Eso era todo, no llevaba dinero ni provisión de alimentos, tan solo unas ganas inmensas de caminar, en esa inolvidable madrugada y de estudiar, en el futuro más cercano. A esos objetivos lo conducía la esperanza de los cielos nuevos y de la tierra nueva, según palabras sostenidas con la fuerza de la fe (Salmo 2P 3- 13), afincada en sus enormes trancos de un muchacho campesino y su pequeña caja de cartón, en la que había colocado la exigua fortuna que poseía.

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1.-Socorro, Milagros. Un asunto de pulsaciones. Entrevista a Alirio Díaz. Venezuela Analítica. La Bitblioteca. Analítica Counsulting, 1996.
2.- Socorro, Milagros. Ibiden.

Fotografías:
1.- Alirio Díaz, foto de presentación
2.- Andrés Segovia, el notorio y brillante maestro de la guitarra en el siglo XX
3.- Niccoló Paganini, la más poderosa mano izquierda en la historia del violín, solo comparable con la mano izquierda de Alirio Díaz en la guitarra
4.- La madre de Alirio Díaz
5.- El padre de Alirio Díaz
6.- Calle de un pueblo larense en 1940. Tal vez La Canducha, en épocas de Alirio