Vía: www.cambiodemichoacan.com.mx/editorial-12555 Por Rogelio Macías Sánchez
Sociedad Editora de Michoacán S.A. de C.V.

El pasado miércoles 16 de diciembre se cumplieron 245 años de que naciera Ludwig van Beethoven en la ciudad de Bonn, en la Renania, a orillas del Río Rin. No hay acta de nacimiento pero sí fe de bautismo fechada el 17 de diciembre de 1770. Era costumbre entonces en esa católica región bautizar a los niños el día siguiente de su nacimiento. El nombre asentado es Ludovicus.

Todo el mundo lo conoce como un gran músico alemán de música clásica y son populares sus temas de la introducción de la Quinta sinfonía y el central del coro de la Novena; populares en cuanto que el pueblo los conoce y los ama. Pero Beethoven ha sido para miles de personas en todo el mundo mucho más que un gran músico alemán, ha sido factor en la orientación de vidas y en la toma de decisiones morales.

Beethoven fue hijo y nieto de músicos de la Corte del príncipe elector de Colonia. Pronto aprendió a tocar el piano y el violín y se desempeñaba como violista de la pequeña orquesta de cámara de la Corte. Apenas adolescente tuvo que ser el sostén de su familia pues el padre terminó como alcohólico irremediable. Con esta responsabilidad y pena a cuestas empezó también su creación musical, desde el principio original, sin moldes precursores. Y ese fue el sino de su vida y carrera musical: conseguir lo mejor de él, cuando más sufría en lo espiritual. Nunca convirtió sus penas en rencores; lo hizo en arte exultante, heroico y optimista.

El joven renano fue persona ilustrada y lo hizo en los principios liberales de la Revolución Francesa: libertad, igualdad y fraternidad, que lo acompañaron a través de toda su vida y obra. Fue libre para cambiar su residencia a Viena, única ciudad donde él cabría. Fue libre para escoger de quién aprender en la música (Mozart y no Haydn). Fue libre para romper con la rigidez del clasicismo y abrir de par en par las puertas del romanticismo. Fue libre para no buscar los favores de los nobles y de los ricos. Fue libre para verter en todas sus obras sus ideas morales, ninguna es hueca o de sólo divertimento.

En el otoño de 1970 vivíamos en la Ciudad de México. Mi esposa y yo éramos fanáticos de Beethoven y asistíamos a un curso de apreciación musical monotemático: música de ese señor. Se cumplían entonces 200 años del nacimiento del “sordo de Bonn” y con el grupo asistimos a un festival en su ciudad natal. Sería sinfónico, con las mejores orquestas de Europa que tocarían las nueve sinfonías, oberturas, conciertos y otras piezas. Fue sensacional pues escuchamos a la Orquesta Philharmonia de Londres, la Orquesta Real del Concertgebouw de Ámsterdam, la Filarmónica de Viena, la Orquesta del Beethovenhalle de Bonn y la Filarmónica de Berlín dirigida por Herbert von Karajan para tocar la Novena sinfonía, siendo la solista mezzosoprano la mexicana Oralia Domínguez. Inolvidable.

Los manifiestos mayores de su sentimiento liberal y de igualdad entre los hombres son la ópera Fidelio y la Tercera sinfonía, llamada Heroica. En un principio la subtituló Bonaparte. Cuando su héroe lo defraudó al coronarse emperador y pasar a ser “como cualquier otro” borró la dedicatoria. El nombre final quedó: Sinfonía grande en mi bemol mayor, fue el Opus 55 y la número 3. La firmó Louis van Beethoven.

Su manifiesto mayor de fraternidad es la Novena sinfonía, Coral. Recuerdo estos dos versos de la “Oda a la alegría” de Schiller que se canta en el último movimiento: “¡Abrazaos, millones de seres! ¡Este beso para el mundo entero!”. Esta titánica obra, con los últimos cuartetos de cuerdas y la Missa solemnis, constituye su testamento musical, su acceso a la música moderna, de excepcional gravedad y vehículo para expresar cualidades y preocupaciones humanas. No ha sido igualada.

En ese 1970 nos escapamos del valle del Rin a Viena, la ciudad de la música, la ciudad de Beethoven. Terminamos la estancia llorando frente a la tumba de Beethoven, en la sección de los músicos del Cementerio Central de Viena. A unos pasos están los sepulcros de Brahms, Schubert, Weber, los Strauss y un monumento de Mozart.

Ahora en casa, durante el fin de semana, mi esposa y yo nos sentamos a escuchar cuatro obras significativas para nosotros: la Fantasía coral, la Obertura Leonora 3, la Sinfonía heroica y la Séptima. Mientras lo hacíamos, pensé que dentro de cinco años se cumplirán los 250 del nacimiento de Ludwig van Beethoven. Seguramente habrá festivales similares o mejores que el referido y me gustaría asistir. Ya estoy avanzadito en la tercera edad pero en una de esas podría yo llegar en buenas condiciones. ¡Ojalá!, y entonces se los platicaré. Por ahora, ¡Feliz Navidad!