Catalán, español y ciudadano del mundo, siempre sintió el amor incondicional por su patria, que le dolía desde la distancia: «No nos corregiremos jamás», escribía en una carta a su hermana Clementina. Llamaba a España «mi morena ingrata» porque nunca le reconoció. Incluso el coliseo de Las Ramblas le negó el estreno de su ópera «Merlín» en una afrenta mayúscula

Hacer música española con acento universal». Isaac Albéniz lo hizo a lo largo de su vida y su legado está ahí, a vista de cualquiera, para ponerlo de manifiesto y subrayarlo. «Suite Española». «Iberia».

Vía: www.larazon.es | Por Gema Pajares

Dice su bisnieto, Alfonso Alzamora, que si queremos darnos de bruces con un rompecabezas de España en el que está representadas a través de la música ciudades y provincias escuchemos «Lavapiés» y «Cataluña». O el bullicio del Corpus de Sevilla. «Albéniz se expresaba componiendo y tocando. Si el lector fuera capaz de leer un pentagrama bastaría con publicar unas cuantas páginas de estas obras como quien publica unos versos» para percibir ese desvelo por una patria que le desdeñó en vida y a la que él quiso hasta la muerte. ¿Cómo vería la situación que actualmente atraviesa Cataluña?«Con dolor, tristeza y preocupación», asegura Alzamora para quien sería necesario «tender puentes de concordia y respeto y en eso la cultura sí puede jugar un papel importante».

«Fue un enamorado de España. Hablaba catalán y era un hombre de mundo que tenía absolutamente claras sus raíces a pesar de haber vivido gran parte de su tiempo en París. El noventa por ciento de su producción tiene acento español», explica Alzamora. ¿Se sintió reconocido en su país? «No, nunca. Llamaba a España “mi morena ingrata”»

Cuando el compositor contaba 38 años nuestro país pierde Cuba «y él casi la vida. Cae gravemente enfermo en Brighton y aquí corre la voz de que ha fallecido, organizándose incluso algún concierto en su honor. Pero resucita, con los riñones seriamente dañados y sigue trabajando en su ‘‘Merlin’’, una de las óperas que compuso con libreto de su amigo y mecenas Francis Money-Coutts», añade. Precisamente del desastre español de 1898 escribe a su hermana Clementina: «Excuso decirte el estado de nerviosidad en que me hallo con motivo de las cuantiosas desdichas que sobre nuestro malaventurado país están cayendo. ¡Qué remedio tiene! ¡No hemos corregido, no nos corregiremos jamás! El chauvinismo mal entendido nos ciega de tal modo que nuestras faltas nos parecen virtudes y nuestra crasa ignorancia ciencia infusa. Dame noticias vuestras, pero no me hables una palabra de la cosa pública, pues he decidido ignorar lo que pase y lo que pasará en España». ¿Qué pensaría ? «Estoy seguro de que suscribiría la mayoría de lo que dijo entonces para aplicarlo en la actualidad», contesta Alzamora.

«Yo creo que la gente tiene razón cuando aún sigue emocionándose con ‘‘Córdoba’’, con ‘‘Mallorca’’, con la copla de las ‘‘Sevillanas’’, con la ‘‘Serenata’’, con ‘‘Granada’’. En todas ellas ahora noto yo que hay menos ciencia musical, menos idea grande, pero más calor, luz de sol, sabor de aceitunas. Esa música de juventud, con sus pecadillos y ridiculeces que casi apuntan la afectación sensiblera, a mí me parece que son como los alicatados de la Alhambra, aquellos arabescos raros que no quieren decir nada con sus giros y formas, pero que son como el aire, como el sol, como los mirlos o como los ruiseñores de sus jardines, lo que más vale de toda la España mora, que es, aunque no lo queramos, ¡la verdadera España!». Albéniz reivindica con estas palabras de 1909 la «Suite Española», un poco superada por la «Iberia», que lo había consagrado definitivamente como un genio de la música clásica.

Con su música, y en el momento en que vivió, abrió una ventana de España entera, jamás únicamente de Cataluña, hacia Europa. Cuando los compositores de su época volvían los ojos a Francia o Alemania él, que pasó gran parte de su vida fuera de nuestro país, reivindicó siempre el repertorio musical patrio. Sirva como ejemplo que Enrique Granados (catalán también como él), al lado del lecho de muerte de su amigo, tocó «Mallorca», posiblemente la última música que escuchó Albéniz en su vida. Le emocionó hasta las lágrimas. Poco antes, le leyó una carta de Claude Debussy en la que le informaba de que el gobierno francés le había concedido la Croix de la Légion d’Honneur, por recomendación de él mismo, de Fauré, Dukas y de D’Indy, mientras él pedía noticias de su «morena ingrata» hasta el aliento postrero.

Fue Albéniz un compositor de España entera que sintió debilidad por Granada y que soñó en un viaje ya imposible antes de morir recorrer de nuevo la Alhambra de la mano de su esposa. ¿Soñó una España unida?Su bisnieto responde con este fragmento escrito por el músico: «Vivo y escribo una serenata romántica hasta el paroxismo y triste hasta el desespero, entre el aroma de las flores, la penumbra de los cipreses y la nieve de la Sierra. No voy a componer la embriaguez de la juerga colectiva: busco ahora la tradición, que es una mina de oro (…) la guzla (instrumento arábigo de cuerda), arrastrando perezosamente los dedos sobre las cuerdas. Y por encima de todo un lamento desentonado y desgarrador (…). Quiero la Granada árabe, la que es todo arte, la que toda me parece belleza y emoción y la que puede decir a Cataluña: “Sé mi hermana en arte y mi igual en belleza”». Para Alzamora, «estas palabras del compositor, de 1886, son impresionistas, románticas (“hasta el paroxismo”) y están inspiradas en el folclore nacional, buscando las raíces más profundas, en este caso árabes, que es la fuente de una cultura que enamoró a simbolistas, impresionistas y románticos por igual. A pesar de todo, Granada tiene algo eterno, inclasificable».

Una de las mayores afrentas que recibió le llegó por parte del Liceo.

Albéniz intentó en 1901 estrenar «Merlín» en el coliseo, «pero únicamente halló la sospecha y la hostilidad de la dirección del teatro, que insistía en someter su partitura a la evaluación de un comité de expertos. Se trataba de una afrenta mayúscula a un artista de la talla de Albéniz», escribe Walter Aaron Clark, autor de una biografía de referencia del artista y que no se trata sino de un ejemplo más de las difíciles relaciones entre gestores culturales y creadores. En los años cincuenta del siglo XX llegó al coliseo de Las Ramblas y el 20 de junio de 1998, José de Eusebio estrenó en Madrid su versión de concierto de la ópera. Grabó la obra en disco al frente de la Orquesta Sinfónica de Madrid con el apoyo de Plácido Domingo en el papel del Rey Arturo. Eusebio vaticina que la obra está destinada a formar parte del gran repertorio operístico internacional: «Fue escrita por un autor español, nacido en Cataluña, que utiliza un libreto inglés para componer una ópera basada en un mito medieval británico utilizando canto gregoriano en su estado más puro y construyendo la obra con el elemento germánico por excelencia entonces, mientras vive en Francia y, a mi entender, se autoproclama por su obra como uno de los fundadores del impresionismo. Si a este panorama –continúa– añadimos que en su tierra hicieron todo lo posible por inhabilitar su labor más ambiciosa y, hasta ahora, casi oculta al gran público, es decir, la lírica, tendremos una perspectiva más real pero siempre confusa acerca de la nacionalidad de ‘‘Merlín’’. Es una obra de arte con mensaje claramente universal (palabra de por sí inexacta y ambigua) que solo pertenece a aquel que la estudia, la escucha, la absorbe. Es arte que pertenece al anti-nacionalismo ilustrado, es decir, a la cultura universal con ambiciones de trascendencia».

Muchas leyendas han corrido sobre la vida del compositor, alguna de ellas cargadas de tintes novelescos. Sin embargo, lo más curioso es que el propio Isaac Albéniz se encargó de fomentarlas y dejar que corrieran como el agua que se escapa de su cauce. La biografía que publicó en 2002 el profesor de Musicología de la Universidad de Kansas Walter Aaron Clark desmontaba precisamente algunos de esos pasajes que se daban por verídicos y no eran sino pura invención del músico quien sabe con qué propósito. Como el hecho de que trató a Franz Liszt, al que en realidad jamás conoció; o que de niño se embarcó como polizón en un barco y se ganó la vida por América tocando el piano, una historia tan peregrina como falsa. El músico conoció mundo, efectivamente, pero fue un hombre que no se granjeó la comprensión de sus coetáneos, aunque sí ejerció el magisterio de quienes serían grandes artistas como Manuel de Falla o Joaquín Turina, que le admiraron profundamente y siempre se miraron en el espejo de un hombre que llevó a España en sus pentagramas.