Vía: elcultural.es | ARTURO REVERTER

El maestro alemán, futuro titular de la OCNE, aborda sus primeros conciertos de la temporada a partir de este viernes (13), acompañado por Maria João Pires. Interpretarán un programa que combina el Concierto n° 4 de Beethoven con la Sinfonía n° 4 de Shostakovich.

David Afkham (Friburgo, 1983) será muy pronto titular indiscutible de la Orquesta Nacional de España luego de una etapa como principal invitado y de unos años previos de dimes y diretes, de tiras y aflojas. La habilidad de Félix Alcaraz, gerente de la formación, consiguió en su día esa vinculación, a la que nunca le hizo ascos el músico alemán, quien en distintas ocasiones había expresado en público su aprecio por el puesto y particularmente por la agupación madrileña. “Fue una experiencia inolvidable -ha declarado el director alemán-. En mis visitas he experimentado la acogida y flexibilidad de los profesores, la imaginación rica, el rigor de la dirección y el gran apoyo del público español. Esta es una combinación inspiradora, me siento privilegiado por continuar juntos nuestro viaje en los próximos años”.

Claro que no todo es excelso. El director sabe que hay mucho que hacer todavía en lo que se refiere a la flexibilidad para buscar los diferentes estilos y trabajar, por ejemplo, la música de cámara. “Es fundamental que los músicos se escuchen los unos a los otros y, a partir de ahí, crear juntos una sinfonía completa”.

Interesante sin duda es su opinión respecto al sonido, al espectro sonoro que ha de definir a una orquesta, lo que lo coloca en la senda de lo que defedían los grandes maestros. Ese sonido “sale del propio instrumentista. Yo no soy el líder, es algo que hacemos juntos. El sonido no viene de fuera, tiene que surgir del interior del conjunto. Esa es mi filosofía. No soy un dictador que impone”. Es muy loable y muy defendible la idea que Afkham tiene de su relación con el público: “El arte no debe quedar al margen de la sociedad, como algo reservado para los especialistas. Deben estar al mismo nivel tanto los que reciben el arte como aquellos que lo realizan, pues las respectivas raíces son idénticas. El arte es lo que nos define como personas”.

Claro y elegante

Calidad no le falta al joven maestro, y lo hemos podido apreciar a lo largo de las veces que se ha situado en el podio de la ONE o en el de otras agrupaciones. Se sitúa en las antípodas de ese gran fenómeno que es Gustavo Dudamel, una auténtica fuerza de la naturaleza, un músico arrebatador y brillante. El estilo y la personalidad de Afkham son más equilibrados y cautos y tiene a la prudencia por consejera. Lo hemos de ver sin duda crecer ante nuestros ojos y profundizar en sus ya firmes criterios. Posee un gesto muelle, fácil, claro, abarcador, elegante y una rara capacidad para regular con facilidad las dinámicas y establecer un ritmo de base con la pericia de los maestros pertenecientes a su rica tradición, en la que, evidentemente, ha bebido. De la misma manera que ha heredado ciertas características artísticas y la sobriedad definitorias de un maestro como Bernard Haitink, con el que ha trabajado. El mando seguro, el hacer música con naturalidad, la facilidad para buscar y lograr refinamientos tímbricos inesperados, son otras de las virtudes del talentoso director, que tuvimos oportunidad de apreciar en una de sus más recientes actuaciones en Madrid, al frente justamente de la Nacional. Le escuchamos una Primera Sinfonía de Mahler verdaderamente magnífica; por sentido de la construcción, dominio del legato, empleo del glisando y control de las progresiones. El toque grotesco o irónico, la mala uva habrán de venir con el tiempo. Encontró el colorido exquisito y la sutileza rítmica de las Cinco piezas para orquesta de Schönberg, lo que no es ninguna tontería considerando lo poco acostumbrado que está el conjunto capitalino a tocar este tipo de músicas.

Pero hay otros recuerdos igualmente valiosos y que nos adelantan futuras y magníficas posibilidades, reveladores, por ejemplo, del talante ecléctico del músico, que se siente interesado por cualquier repertorio y que sabe situarse en el lugar adecuado para afrontar según qué composiciones. He ahí el secreto del estilo. A la memoria nos viene ahora aquella contundente y bien trabajada Sinfonía n° 7 Leningrado de Shostakovich al frente de la Joven Orquesta Gustav Mahler, una partitura que mamó directamente de Gergiev, con quien había colaborado asiduamente, y que fue expuesta en un estilo diferente al ostentado por el gran director ruso: en vez de con nervuda vibración, clara y lógica exposición; en lugar de exasperado dramatismo, meridiana construcción y adecuada sucesión de acontecimientos. Afkham, sin un gesto de más, hizo sonar brillantemente a la joven agrupación y supo regular muy bien el largo crescendo del primer y repetitivo movimiento, y llevarlo a un fortísimo impresionante, abierto al desgarrado drama.

Dentro de la tradición

Recordamos, cómo no, también, su interpretación, esta vez con la ONE, y esto fue en mayo de 2013, de otra Sinfonía n° 7, la de Bruckner. Su concepción fue seria, clásica, de amplio aliento, dentro de la tradición más acrisolada; aunque faltaran aún, naturalmente, detalles: reguladores, trabajo de las progresiones en las codas, diálogos más depurados, subrayado de los contrapuntos más relevantes… Pero aplicó matices y coloreó adecuadamente en el acompañamiento a Anne Schwanewilms los Cuatro últimos lieder de Richard Strauss.

Tendremos oportunidad de ver a Afkham próximamente en tres anunciadas nuevas visitas con la Nacional. La primera es esta misma semana, hoy, mañana y pasado, como comentábamos al hablar hace unos días de Maria João Pires. Con ella, que toca el Concierto n° 4 de Beethoven, estará el director que luego brindará su versión de otra sinfonía de Shostakovich, la relativamente poco interpretada n° 4, quizá la más compleja página sinfónica de su autor; por su estructura y por su contenido.