Para un músico del siglo XXI, formado en el ámbito formal de la academia, tocar y cantar las piezas del Cancionero de Elvas constituye una experiencia que puede calificarse de muchas maneras, sobre todo, como divertida.


Por Adela Barreto Rangel | Vilancetes y Cantigas del Cancioneiro de Elvas

Las líneas melódicas de cada voz en el entramado polifónico, poseen tal encanto natural, que se fijan espontánea y rápidamente en la memoria. Los ritmos, con cambios sucesivos de compás, además de ser placenteramente sorpresivos, despiertan las ganas de bailar. En la polifonía a tres voces, la ausencia frecuente de terceras o quintas, e incluso de séptimas y novenas – a las que tan acostumbrado está el oído contemporáneo – producen un efecto de apertura e infinitud sonora que despierta la mente en otras dimensiones: quizás las del pensamiento renacentista. Además, están las invitaciones, espontáneas también, que la escritura musical de esa época hace a la improvisación. Convertir una nota en muchas, hacerla explotar en escalas o batidos veloces, por nombrar apenas dos de las infinitas posibilidades de disminuir una figura, hace que la versión de cada intérprete o grupo de intérpretes sea mucho más particular, más original o en definitiva más única, que las diferentes versiones de otras piezas compuestas en períodos posteriores.

No sólo la improvisación ofrece un lugar privilegiado al intérprete de la música renacentista: también lo hace la posibilidad de jugar con la instrumentación, con el diseño de las estructuras, decidiendo por ejemplo qué secciones dejar a cargo de cuál de las tres voces escritas, ya que en esta música, cada una de las líneas no sólo se entreteje entre las otras creando esa particular sonoridad armónica del renacimiento, sino que además posee la belleza y la fuerza suficiente para comportarse como solista.

Quizás lo que rinde fascinante a la música renacentista hoy en día sea su similitud con la música popular. No en vano fue la primera música que trajeron los europeos a nuestro continente, para aquí popularizarse. Además de compartir la placentera libertad de la improvisación, la forma de cantar en ambos géneros se asemeja: sin el vibrato y la impostación que se impusieron para subir el volumen sonoro y poder hacerle frente al aumento del nivel de ruido (la llamada contaminación sónica) en los tiempos posteriores, sobre todo a partir de la era industrial.

Además de la música, o con la música, están los textos de las canciones, que son igualmente fascinantes. La relación casi indisoluble entre música y palabra es una de las características del estilo de composición musical renacentista. Leer los textos y entenderlos potencia el disfrute musical, aunque también puede decirse que sucede al contrario y que más bien es la música la que potencia el significado de la palabra. Los textos de las canciones grabadas para este disco están casi en su totalidad dedicados al amor, pero no por ello son repetitivos. Muy por el contrario, cada canción nos habla de una variante diferente de ese fenómeno inagotable que es el amor. El amor en sus diferentes circunstancias, el que hace sufrir, el que hace reír, el que se añora, el que ya no se quiere más, el que se oculta, el no correspondido. Todo en un lenguaje que nos transporta a la manera de ser del hombre del Renacimiento: sereno y festivo, galante y exquisito, curioso y ambicioso.

Estos son parte de los encantos indiscutibles de la música renacentista, pero particularmente de la compuesta en las regiones lusitanas e hispánicas y de sus provincias de ultramar: el nuevo continente, la actual América, en este momento apenas entrando en un contacto que será definitivo con la Europa continental.

Contrariamente a lo que parecería lógico, tocar y cantar música renacentista es una experiencia fresca y novedosa, además de divertida y placentera. La humanidad ha pasado ya por la complejidad y el drama del romanticismo musical y por la prácticamente ininteligible música contemporánea. Desde esta perspectiva, inevitable para el hombre de hoy, acercarse a la música antigua es un verdadero descubrimiento, así como el Renacimiento fue un tiempo de descubrimientos.

Sobre el Cancionero de Elvas, en particular, puede decirse que es una nueva música antigua, porque fue apenas descubierto en 1928, por el musicólogo portugués Manuel Joaquim, quien lo publica por primera vez en 1940. Así que no han pasado sino 76 años desde que se comenzó a interpretarlo y a estudiarlo. Claro que hay en él piezas ya conocidas por otras fuentes, porque el Cancionero de Elvas fue copiado por una mano afortunada dirigida por una mente que tuvo el buen tino de compilar en un documento las canciones que se cantaban, tocaban y bailaban en esos tiempos que para Portugal y España fueron tiempos de apertura a otros mundos.

Además de la edición integral publicada de este cancionero por su descubridor Manuel Joaquim, están las de Manuel Morais, publicada en 1977 y de Gil Miranda, publicada en 1987. Hay también un estudio musicológico de Manuel Pedro Ferreira, publicado en 1989. A estas fuentes aconsejamos acudir a quienes deseen profundizar sobre esta magnífica compilación.

Si la historia ejerce una atracción irresistible para las mentes curiosas, la llamada música histórica es aún más atrayente. Escuchando la música del Cancioneiro de Elvas podemos vivir el Portugal especialmente interesante del Renacimiento, cuando se posicionó como una de las potencias mundiales con mayor poderío, que conquistó vastas regiones en América y Asia, que monopolizó rutas comerciales marítimas y oceánicas y que acumuló riquezas inconmensurables. Entre esas riquezas, una de las joyas más valiosas es sin duda el Cancioneiro de Elvas, del cual les presentamos apenas una pequeña porción en este disco, producido gracias al patrocinio de la Embajada de Portugal en Venezuela.