Por Faitha Nahmens | codigovenezuela.com

Inocente Carreño diría que de no haber sido músico le habría encantado ser periodista. Registra. Guarda. Escribe. Quizá también porque le gusta contar, le gusta la verdad

En el escritorio donde se sienta a escribir las ocurrencias que asaltan su cotidianidad tan deslumbrantemente natural, donde ha redactado con ternura y gracia un soneto autobiográfico -lo leerá antes de soplar las velas-, allí, desde donde puede ver la boca abierta del enorme piano de cola donde luego irá a componer, abierta también permanece una agenda donde ha anotado las llamadas que le han hecho hasta ese momento las querencias cercanas, sus pares y gentes conocidas de distantes procedencias -París, New York, Mérida-, lista larguísima de más de cien llamadas anotadas con pulcritud y con una letra alargada que parece más bien una plana de claves de sol. El gesto confirma una vez más –además de que es, en fin, hombre abierto- el orden con que aún mantiene amoblada su cabeza privilegiada, chispeante, genial, esa de la que salen enumeraciones varias en la disposición correcta, anécdotas que recuerda con el año exacto en que ocurrieron con los nombres completos de sus protagonistas, chanzas cuyo color varía según el oyente -compartirá su repertorio de chistes sutilmente picantes para amenizar la velada, como si no bastara verlo sonreír de gozo-; pícaro es. O confesiones. Que el amor ha sido su vida, la música mejor compuesta. Su bastión. “Las tentaciones son muchas, la virilidad tiene fulgores, la vida es un llamado permanente al amor, pero uno respeta”, desliza.

(Y en este largo existir/ con Olga siempre a mi lado/ caminando o acostado/ triste si me ve sufrir/ feliz si me ve reír/ más si veo a una muchacha/ ¡rojita y tan ofendida! /Que este Inocente enseguida/ por si las moscas se agacha).

Sesera de cuya profundidad y lucidez también hará gala el ameno conversador margariteño -valga la redundancia- cuando deslice sus más recientes ideas, ideas de toda clase que sigue produciendo para componer incluso el mundo.

Emocionado porque la vida es esa maravilla con la que hace alianzas fantásticas cada mañana puntualmente desde las 5, cuando da alpiste a los pájaros que llegan del cielo a su ventana, sensibilidad mediante, no consiguen, sin embargo, hacerle mella las circunstancias pasmosas de estos tiempos que sofocan sin contemplaciones. No hay asomo de tormentos en su mirada despabilada, ni temor ante la suposición inevitable; la muerte no lo inquieta, le da pesar, eso sí, suponer que no estaría muy lejos la fecha en que ha de dejar esta circunstancia feliz de 95 años; y los que faltan.

(Y al acercarse el final/ de este mundo que se deja/ no emitiré ni una queja /pues no me ha tratado mal/ le ha brindado su panal/de dulzuras a la vida/ de quien no ha dado cabida/ni a la envidia ni al odio/siempre montado en el podio/ listo para la partida).

Pero él ha desarrollado eficaces argucias para espantar a la parca que no teme: “Esta champaña la abrimos cuando cumpla los cien”, confía. Como Armando Scannone, Inocente Carreño cree que hacer planes, ser productivo, soñar es una manera de mantenerse a salvo. Imaginar lo que vendrá es un llamado a seguir siendo, una forma de prórroga, que ejecuta a pies juntillas. Además de exhibir integridad y libertad de alma, maneras de paz que han de producir los mejores efectos, exuda con deliciosa franqueza una irrefrenable pasión por la vida y por lo que hace: y no queda duda de que vivir que es lo que más sabe. Hombre que alberga todo lo bueno en su corazón veterano, que ha experimentado y sentido pesares y dichas, y se mantiene en calma,

(“Mi existir ha sido largo, he sufrido y he gozado, sé de lo dulce y lo amargo/ y soy feliz sin embargo/ por eso sé que mi vida/ ya no tiene otra salida/ terminar mirando el cielo/ antes de iniciar el vuelo/ y partir sin despedida”)

Resulta admirable la anchura de su pensamiento y el ritmo acompasado de su verbo azul, incluso cuando le pone limón. Ha de explicarse su llaneza y legendaria vitalidad de una sola manera: el mar. El mar habrá dejado en su memoria prodigiosa, en su espíritu indomable, en su talante llevadero, en su suavidad próxima y pasión profunda, una marca perpetua. Con todo y Caracas.

Autor incansable, permanente, constante, tiene un rimero de obras por estrenar; confiesa extrañado que no sabe por qué solo interpretan un par de sus creaciones. Así lo diría a El Nacional, en una entrevista publicada el 28 de diciembre: “Mi música no la tocan, no la cantan, no sé si es que son difíciles, lo cierto es que tengo más de 200 piezas para coros… será cuando me muera, por cierto, también tengo un Réquiem”; entrevista, que lo conmovió: “Una página completa, imagínate, con la escasez que hay de papel”. Más, así como se asombra de que no se haya difundido en su totalidad su enjundioso trabajo –como suscribe el periodista Sergio Moreno- es un agradecido que se complace con las circunstancias fantásticas que le han tocado vivir. Por ejemplo, haber dirigido la Glosa Sinfónica Margariteña –su obra más difundida al sol de hoy-, cuya composición culminaría el día de la Virgen del Valle del 8 de septiembre de 1954, y que fuera interpretada el 1 de noviembre de este año por la Orquesta Inocente Carreño, agrupación que el sistema de orquestas fundó en y con su nombre, y que convoca a más de un centenar de muchachos talentosos para interpretar a Venezuela. Asimismo, también da gracias al cielo por haber integrado ese equipo exquisito de músicos que conformaron en el siglo pasado la cofradía de autores nacionales -Evencio Castellanos, José Clemente Laya, Antonio Estévez, Blanca Estrella de Méscoli, Gonzalo Castellanos, Ángel Sauce y Alirio Díaz- que dirigió el maestro Vicente Emilio Sojo en la escuela de música de Santa Capilla. Sojo sería también maestro de vida, dice Inocente Carreño, porque le enseñó no sólo los secretos del arte de la composición sino a ser devoto lector y hombre austero. Uno de sus hijos se llama Inocente Emilio Sojo buscando la sonoridad que serviría para rendirle homenaje.

(Cuatro hijos procreamos/ doña Olga Aldrey y yo/ y este año quiso Dios/que a nuestro lado hoy tengamos/tres, y son: Cayetano/ Inocente y Margarita/con su cara de niñita/ Olga María la ausente/ no olvida a papá Inocente/ni a su mami Olga Cecilia)

Estaba allí, como siempre, la tarde que se celebrara el cumpleaños de Inocente Carreño. Vive en París pero las Navidades y el onomástico paterno son suficientes razones para recalar cada año en estas orillas, caer sin ofrecer resistencia en el anzuelo con que tienta la saga. Como Inocente Emilio, vale decir, los cuatro hijos son músicos, y los yernos y las nueras, y media familia, reunidos todos en la quinta Marinolca de El Cafetal este 28 de diciembre, cuando el acontecimiento de aquel aniversario de vida convocó también a políticos, historiadores, periodistas, gastrónomos, maestros, artistas, a la jurista Sonia Sgambatti, a la redactora Ivanova Decán, a la periodista Luisa Barroso, al historiador Héctor Pérez Marchelli, al musicólogo Alejandro Bruzual, quien acaba de terminar una suculenta biografía del maestro y a Daniel Pérez, director del Orfeón Universitario, quien, con un puñado de intérpretes de la señera agrupación llegó cantando villancicos como es tradición, tradición del 28, del 28, del 28.

Conmovedor el concierto de repertorio navideño a cargo de las voces de la belleza -La barca de oro, Aguinaldo margariteño, Niño lindo, Cántico de Navidad, Nació el redentor, Aguinaldo modal, De contento, Cantemos, y todos, en efecto, cantamos-; y más conmovedor sería cuando con cuatro y charrasca cantaron el cumpleaños feliz más afinado que oírse pueda, sublime,

(Hoy llego a 95 con renovado vigor/ y ante Dios, el Creador/ devotamente me hinco/ y una oración le rindo, sumiso y agradecido/ por haberme concedido/ una salud envidiable/ y un risueño hogar amable/ donde sueño y soy querido)

y más emocionante aún, erizadas las pieles, sería cuando Inocente Carreño, sin brazos solidarios que rechazaba con amable sonrisa –mucho menos bastones, qué es eso- se alzó de un empellón de la silla donde era rodeado, amado y fotografiado, y cantando de manera inevitable con su voz añosa pero clara, contento, caminando sin titubeos, jovial en sus trece, ante el círculo de voces del Orfeón levantó la mano derecha y comenzó a dirigir a los cantantes como si todos fueran un mismo instrumento, como si tuviera en su mano no una batuta imaginaria sino la clave de la felicidad, en mi amor sostenido mayor. Quien llegara a Caracas en 1932, se iniciara como aficionado cantando y tocando la trompeta y la guitarra, luego estudiara con Sojo, y de seguidas y para siempre alcanzara la cima de donde nunca más se bajaría, entrecerró los ojos, sintió el villancico que cantaban aquellos guapachosos ángeles, pidió silencio y dijo: “Me gusta a un ritmo más veloz”. El resultado provocaría un instante de cielo en la tierra. Cuánta dulzura. Cuánta pasión.

Inocente Carreño diría que de no haber sido músico le habría encantado ser periodista. Registra. Guarda. Escribe. Quizá también porque le gusta contar, le gusta la verdad.

Es un milagro nacer/y por eso lo celebro/ mas, no olvida mi cerebro/ siempre en la mente tener/ como sagrado deber/que hay presos y exiliados/que todos han sacrificado/ amigos, hijos y hogar/para este pueblo librar/ de vivir como un esclavo

Pero ¿quién dice que no dice, que no cuenta, que no escribe, que no revela? ¿Quién dice que sus composiciones no son retratos, que no somos todos en ellas? Músico de pies a cabeza, cabeza blanca y luminosa, es voz y es consenso, libertad y referencia, un milagro y el país. Una dicha, además, felizmente viva y cercana

A dios debemos rogar/ por los pobres de esta tierra/ los que viven en la sierra/ los del llano los del mar/ que podemos ver brillar/ muy pronto sin más demora/ la luz de una nueva aurora/ que su fulgor ilumine/ de la patria los confines/ por siempre y a toda hora/ Y por hoy yo me despido/ hasta el próximo diciembre/ con el cariño de siempre/ sumamente agradecido.

Hasta entonces.