Por Efraín Silva | Publicado en EL Periodiquito

No hay lugar en Venezuela, por remoto que sea, donde no se haya sentido o desconozca la acción formadora y estimuladora del Sistema Orquesta Juvenil e infantil de Venezuela. Es más, otros países de Norte, Centro y Sudamérica poseen núcleos propios que bajo la guía de este Sistema están “cantando, Tocando y Luchando”. -Lema motivacional que el Maestro Abreu acuñó para insuflar renovados bríos en su joven e incalculable ejercito sonoro-. Tampoco Europa, Asia o África han dejado perder la oportunidad y mediante convenios con Caracas ven crecer sus núcleos.

Todo indica que el proyecto del Maestro rompió barreras limítrofes y el Sistema se extendió como un fenómeno que a mi entender califico de mundial. Parece que cuando un hecho así alcanza estas magnitudes, está dentro de la naturaleza humana el inmediato surgir de voces antagónicas y con ellas los detractores, voces las cuales he oído y leído en algunos medios. Pero no vienen al caso para lo que hoy me ocupa ni mucho menos preocupa al mismo sistema de orquestas. Pero es bueno reconocer que han sido 40 años venciendo obstáculos realmente mayores. Pero Un objetivo claro derrota millones de adversidades. Y es en esto último donde mi escrito fija su atención, antojándoseme que 40 años de exitosa existencia no revelarían la magnitud de la celebración sin escudriñar sus precedentes y nacimiento ya que su consolidación está a la vista.

Sus precedentes los podemos ubicar en la capital de Aragua: Maracay. Pero yo iría un poco más atrás: primero Trujillo y seguidamente Lara. ¿Por qué? Porque una honorable familia allá en Trujillo, de indiscutibles valores espirituales, culturales y sociales, traía al mundo a un genio y ese niño, José Antonio, estaría rodeado de amor, de valores y de sólidos principios humanísticos que lo marcarían hasta el día de hoy. Una vez trasladados a Lara, esa familia tomará bajo su protección a otro niño, a José Vicente Torres, a quien transmitieron todos esos principios y valores de los cuales hablé. José Vicente devino en un consumado pianista obteniendo su título en el Conservatorio de Bruselas acompañado de una brillante carrera concertística. Con tales credenciales, Torres fue designado para continuar la labor del también pianista y compositor Alexis Rago, quien fuera director fundador del Conservatorio de Música del estado Aragua, y había renunciado después de 3 años para volver a Londres. Ya entonces, yo rondaría los 17 años, y fui testigo y beneficiario directo de las enseñanzas en esta institución de los más prestigiosos músicos sinfónicos y académicos del país. Miembros en su mayoría de la Orquesta Sinfónica de Venezuela, primera y única orquesta oficial de la nación y punto culminante de los esfuerzos del Maestro Vicente Emilio Sojo. Allí confluía la vanguardia del acontecer artístico musical en todo su espectro: Conciertos, Ópera, Ballet, estrenos de obras musicales, música de cámara, invitados internacionales, etc. De manera que el Conservatorio de Música del estado Aragua formará parte de los temas de conversación entre esta cúpula ligada al medio musical. José Francisco del Castillo, Lola Linares, Juan Carlos Núñez, Razhes Hernández López, Primo Casale, Juan Soublette, Pablo Castellanos, son solo unos pocos nombres de la amplia lista que conformaban el staff de profesores de este Conservatorio. Tampoco faltaron las visitas de otros grandes del momento a este recinto: Antonio Estévez, Eduardo Lira Espejo, Morella Muñoz, Ríos Reyna, Alirio Díaz, y, entre otros, no faltó la presencia de José Antonio Abreu, viendo con su callada e imperceptible curiosidad la nueva institución aunada a su íntima y estrecha familiaridad con Torres, el director. Estábamos a los inicios de los años 70, ya Abreu contaba con dos títulos universitarios pero también se había graduado de organista y Maestro Compositor, las carreras más largas y exigentes del estudio musical, perteneciendo así a la escuela nacionalista impulsada por Sojo y que marcó buena parte del siglo XX.

Torres habría de introducir nuevos avances tras la renuncia de Rago y, entre otras cosas, crea la Coral Filarmónica con Igor Lanz al frente; la Orquesta Juvenil con Juan Carlos Núñez y Pablo Herrera como concertino, y una Extensión Pedagógica que hoy llamamos Escuela de Música “Federico Villena” a Cargo de Osvaldo Guevara. Sin Torres sospecharlo, sobre estas tres cosas dará inicio una idea que tenía José Antonio Abreu. La cosa se desprende así: Esa suerte de Orquesta del Conservatorio unida a la Coral Filarmónica, nos hizo vivir una experiencia en quienes participamos de sus ensayos y conciertos que transformó nuestras vidas hasta el sol de hoy. Dos obras Sinfónico-Coral abrirían para siempre la beatitud de consustanciarse con la grandeza del arte musical por obra de dos genios universales: Häendel con su Oratorio “El Mesías” y Mozart con su “Réquiem”. ¡Jamás habíamos experimentado una elevación tan sublime! Se rompió definitivamente el mito en el cual, ¿Unos estudiantes, del interior del país, interpretando obras tan colosales, que entendieran en cuerpo y alma esa trascendencia? Era algo reservado para elegidos y maestros consagrados. Pero fue la inspiración del Maestro Abreu hace 40 años. Inevitablemente lo alejó de las cúpulas para acercarse y entregarse por entero a un sistema de oportunidades para niños y jóvenes, por apartados que estuviesen de las grandes metrópolis y permitirles el goce inefable de las grandes obras en su propio ser. Haciendo.

La futura “Federico Villena”, conocida entonces como Escuela Popular de Música, para evitar el término administrativo o poco revelador de extensión pedagógica, no sólo se ocupó de su responsabilidad y misión en la enseñanza de instrumentos nacionales, antes bien, su director Osvaldo Guevara, desoyendo las premisas impuestas por el Conservatorio, inició una “subversiva” práctica orquestal y con ello los instrumentos de arco. Pero no podía ser de otro modo: Guevara, además de tener un dominio admirable del arpa, el cuatro, el bajo, las maracas y la mandolina, había vivido la euforia dentro de la reciente orquesta del Conservatorio como alumno de viola al lado de su maestro Laya. Sin presupuesto para eso, la Escuela Popular sería una sede furtiva de una orquesta de cámara integrada por los Herrera: Pablo, Andrés y Sonia, más otros alumnos del Conservatorio y Valencia que de muy buenas ganas se unían a esos ensayos. (Fue mi primera vez que toqué como solista en una orquesta haciendo un concierto de Vivaldi.) Yo daba clases de guitarra en esa escuela y entre mis primeros alumnos, los Molina y los Hernández cambiaron: William para violoncelo con Andrés y Jesús a violín con Pablo y luego con Ferruccio. Estos alumnos llegaron a ser jefes de fila y concertinos de la primera Orquesta “Simón Bolivar” que estrenaría el país.

Y así fue: Osvaldo Guevara y José Antonio Abreu juntaron sus respectivos sueños y así nació el primer núcleo de la Orquesta Juvenil en el estado Aragua. Mientras tanto, Abreu pedía prestado galpones para los ensayos en Caracas y tocaba puertas a fin de consolidar un proyecto que nunca más volvería atrás.

Ahora ¿qué sostuvo y mantuvo incólume la misión y visión de este proyecto a lo largo de casi medio siglo? Pudiéramos hablar de una gerencia ejemplar, de un país generoso, de una fe imbatible en el potencial de nuestros niños y jóvenes. Yo agregaría, a todo eso, a una convicción filosófica. Casi religiosa (sino más que religiosa). Hablo de fundamentos insondables de trascendencia humana. En el caso de José Antonio, sus lecturas juveniles sobre estos temas las hizo baluartes y blasón de vida. Sobre todo sus lecturas del Antiguo Testamento aceraron su inspiración y conducta humana. En ellas se lee “El principio de la sabiduría es el temor a Dios” Entonces, cada vez que nos acosaban las divergencias en Aragua, sabíamos que desde Caracas llegaría el Maestro y, sin culpar ni señalar a ninguno, nos paseaba por fragmentos de Moisés en el desierto, de los hermanos de José en Egipto, de Abraham, del rey David o su hijo el sabio Salomón. Nos sacaba de la miopía con su verbo exacto y sereno y alzábamos la mirada hacia la grandeza, la elevación de espíritu, la conquista del futuro. Pido pues, a todos los gerentes, directores y coordinadores responsables del Sistema y la Fundación Musical “Simón Bolivar” en todo el país, que celebremos con júbilo este CUADRAGÉSIMO ANIVERSARIO, evitando el pragmatismo que nos viene amenazando peligrosamente y no olvidemos nunca de dónde provenimos. Feliz Aniversario.